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 Amor de verano. Prólogo

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Lariebel

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Sáb Mar 30, 2013 6:16 pm

o.o.
Vaya.
Pobre Kate TT-TT.
Yo ya me despido :c.
¡Saludos!

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luzoasis

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Lun Abr 01, 2013 9:12 am

CAPÍTULO 5




Hanne salió de la librería satisfecha. Llevaba en su mano el libro que había ido a buscar, el libro que había provocado que conociese a aquel chico que la había enamorado al instante.
Axel… le parecía precioso su nombre.
Haría todo lo posible para que ese chico fuese suyo.
Pero tenía más misiones en mente, y ligarse a un chico no le sería ni muy complicado ni le costaría más tiempo de lo normal.
Se llevó la mano a la barbilla pensativa. Era martes, si iba todos los días, estaba segura de que el fin de semana, lo tendría en su cama. No había hombre que se resistiera a sus encantos.
La que sí se había resistido y no parecía ceder ante ella era su mejor amiga Karen. Desde que había cometido el error de liarse con su amor platónico sabiendo que le gustaba, no habían hablado. Y ella sabía que aquella fatídica situación no era lo que había provocado la ruptura de su amistad. Se había pasado, no había sabido ser una buena amiga, y Karen se había ido quemando hasta que no soportó más.
La echaba mucho de menos, e iba a hacer todo lo posible para arreglarlo y que la perdonase. Estaría dispuesta a cambiar, o por lo menos lo intentaría.
Y lo primera era concertar una cita con Anders. Arreglaría la vida de su amiga y todo sería como tiene que ser.
Había hablado con Anders. Le había costado convencerle, pero al final lo había conseguido. Solo quedaba que Karen se dejase hacer. Hanne, en lo más profundo de su ser, sabía que Karen se pondría muy feliz, sabía que soñaba con salir con Anders, y allí iba a estar ella, para conseguir que su sueño se cumpliese.
Mientras caminaba, sonrió con placer.
Tenía mucho que hacer.





El sol comenzaba a esconderse, y la ciudad poco a poco, iba sumiéndose en la oscuridad.
La habitación de Edgar también estaba sumida en la oscuridad. Encima de la cama estaban Karen y él. Edgar no podía parar de pensar en todo lo que Karen, entre sollozos interminables, le había contado. Se había presentado en su casa en aquel estado y se había abalanzado sobre él entre lágrimas. Después de hablar durante un rato, la abrazó, y Karen se durmió en sus brazos. A Edgar le dio pena despertarla, además de que tenerla en sus brazos era lo más que podía pedir, así que se pasó toda la tarde tumbado en la cama con ella, observando por la ventana como el cielo se iba cerrando.
¿Qué podía hacer? ¿Había alguna manera de ayudarla?
Edgar bajó la mirada y la observó sobre su pecho. Parecía tan indefensa y débil. Toda la fuerza que irradiaba, la seguridad, la tenacidad, todo desaparecía cuando se rompía en trozos. No era la primera vez que la ve así, o por lo menos parecido. La había visto llorar en algunas ocasiones, y cuando fue lo de Anders no se podía considerar llorar. En comparación con aquello, esto no era nada.
Pero por todo se empieza, y si no hacía algo, aquello iba a acabar mal, y no querría volver a ver a Karen mal otra vez. Moriría antes que tener que verla sufrir.
Karen abrió los ojos poco después de que el cielo oscureciera por completo. No se movió porque sabía donde estaba, y tampoco tenía energías para moverse, así que miró por la ventana. Había pasado todo el día en casa de Edgar, se había quedado dormida y se había hecho tarde. Su madre le echaría una bronca, pero tanto le daba. Si las cosas seguían aquel rumbo, Victoria dejaría de ser su madre para dejar de ser alguien que ella conociese.
Se sentía a gusto allí, con Edgar, la única persona que seguía a su lado, lo único que le quedaba. No quería moverse.
-¿Estás despierta? - oyó una voz muy débil, cautelosa.
Tardó unos segundos en contestar.
-Sí.
-¿Estás mejor? - preguntó mientras le apartaba el pelo de la cara.
-Sí. Gracias por todo.
-No tienes por qué dármelas.
Todo se volvió a quedar en silencio.
-Me siento tan sola… - no pudo evitar musitar mientras cerraba los ojos con fuerza y se apretaba contra el pecho de Edgar.
-Me tienes a mí, ya lo sabes.
-Lo sé.
Claro que lo sabía. Era el único que se había mantenido a su lado en todo aquel tiempo. Siempre lo había estado.
Karen se levantó y Edgar deshizo el nudo de sus brazos para que ella pudiera estirarse.
-No quiero volver a casa - dijo volviendo a mirar por la ventana -, me quedaría aquí si pudiera.
-Quédate - dijo Edgar apoyándose sobre el cabecero.
-No puedo. Empeoraría las cosas con tu madre.
-Llámala y dile que dormirás conmigo.
Karen giró la cabeza y lo miró fijamente. Edgar no tardó mucho en leer la ironía en su mirada. Sin poder evitarlo, los dos se echaron a reír, lo que alivio el ambiente.
-Vale, ya sé, ha sonado a burrada total. Si le dices eso la cagas totalmente.
-Ya - Karen se rió y se acercó a la ventana-, lo último que quiero es decirle que voy a dormir en casa de un chico, sea el chico que sea.
Un nuevo silencio. Edgar no soportó estar quieto y también se levantó y se estiró. Observó a Karen. Estaba delante de la ventana observando la ciudad nocturna en silencio, con esa mirada evocadora y triste que solía poner en aquellas situaciones.
Tan indefensa…
Se acercó a ella, y ella giró un momento la cabeza para mirarle y sonreírle, y luego siguió mirando por la ventana.
¿Cuántas opciones tenía? ¿Cuántas opciones tenía contra Axel?
La conocía muy bien, mucho mejor que cualquiera, y allí estaba, en su habitación, penando de la vida, resguardando sus penas en él, su mejor amigo.
-Karen…
Sin pensárselo dos veces, Edgar, cuando Karen se giró, acercó su rostro al de ella con rapidez y depositó un beso suave y dulce sobre sus labios. Un beso que no provocase una reacción demasiado negativa en ella.
Karen recibió el beso con sorpresa, pero no lo rechazó, y la verdad es que tampoco lo aceptó. Se quedó inmóvil y sorprendida, sin saber como reaccionar.
Edgar no alargó mucho el beso, solo quería probar a su amiga. Él tampoco quería abusar demasiado de la brusquedad de algunos besos, y para ser el primero era mejor hacerlo con cuidado. La reacción de Karen no se la esperaba. Cuando se apartó y abrió los ojos para mirarla notó confusión en sus ojos.
-Yo, será mejor que vuelva a casa… - fue lo único que Karen pudo decir. Con rapidez esquivó a Edgar y salió de su habitación. Era tarde. Tenía que volver a casa y enfrentarse a su madre.
Edgar, a su vez, se llevó la mano a sus labios maravillado. No sentía furia, se sentía tranquilo. Karen no lo había aceptado, pero tampoco lo había rechazado.
Karen había dejado una puerta abierta




¿Podrías arreglar todo lo malo que había hecho?
Jugar con el diablo no estaba nada bien.
Caminó por la calle intentando esquivar los cartones que se almacenaban por el suelo. Aquella zona de la ciudad no parecía ser muy limpia.
Hacía un mes que había llegado a la ciudad, pero no se había abierto al mundo. Caminaba entre las sombras de los edificios abandonados pensativo.
¿Había sido un error? Ahora sabía bien que estaba arrepentido, y era la primera vez en muchos años que se paraba a pensar en sus actos. ¿Por qué ahora? ¿Qué había cambiado en él?
Quizás era que se hacía mayor, se hacía viejo.
Y estaba solo.
No tenía nada ni a nadie, y eso, claramente, era por su culpa.
Porque literalmente, él no existía.
Le dio una patada a una botella de cristal vacía y miró al cielo. Hacia un buen día, ¿Seria una señal? ¿Debería dar la cara?
Gruñó por lo bajini mientras maldecía su suerte. Sin duda había cometido una estupidez, y sería imposible volver al pasado. Lo sería menos confesar que todo había sido producto de una estúpida mentira.
¿Como le diría a su mujer que aún estaba vivo? ¿Cómo le diría que había fingido su muerte para poder ser libre? ¿A su hija?
Si iba no le abrirían las puertas de su casa.
Ya no podría volver a abrazar a Victoria y a Karen.

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Lun Abr 01, 2013 9:12 am

CAPITULO 6




¿Qué va a hacer? ¿Se va a rendir? ¿Ha decidido tirar la toalla después de aquello?
No, él nunca se rinde, él luchará por lo que sabe que es lo que necesita en la vida. Y la tiene que conseguir.
Su método no ha funcionado, por primera vez cree haberse equivocado, y quizás debería intentarlo de otro modo.
El chico le habrá dicho lo del puñetazo, es la única manera de que lo supiera. Así que se llevan, tendrá que aprovecharse de eso y reaccionar rápido.
Si se llevan podría perderla.
Una vez reunió fuerzas, se levantó y agarró el abrigo, y antes de salir a la calle miró su ojo en el espejo del recibidor. Tenía una pinta horrible. Sin duda, Karen sabía pegar muy bien. Y no sólo eso, tenía el cuerpo lleno de moratones a causa de sus golpes.
Aunque el cielo se hallaba casi a descubierto, hacía frío. Henrik temblequeó durante un instante y se puso a caminar. ¿Qué le diría? Oye tío, perdón por la ostia, no quería pegarte. Aquello no solucionaría nada, lo sabía, pero debería intentarlo.
No tardó mucho en llegar a la librería. No sabía lo que iba a suceder. Intentó relajarse. Era la primera vez en mucho tiempo que estaba nervioso, que sentía vergüenza ajena de sí mismo.
Entró con decisión y lo buscó con la vista. No cabía de la euforia al ver que la librería estaba vacía. Así tendría más libertad para hablar.
Caminó hacía el mostrador, que también se hallaba vacío. Se paró a unos cinco metros. ¿Y la gente? Quizás no estaba.
Y mientras se debatía en si dar media vuelta o no, Axel se asomó al mostrador y se lo quedó mirando de lado con curiosidad.
Era una situación de lo más graciosa, pensó Henrik, el estar delante de otro chico, y que los dos estén paseando con un ojo morado.
Axel debió de pensar algo por el estilo porque en cuanto observó el ojo amoratado de Henrik sofocó una risilla. El suyo, en cambio, tenía mejor pinta, ya en proceso de curación.
Henrik se mordió la lengua e intentó parecer amistoso.
-Ejem… ¿Alguien te fue a dar una visita? - Axel fue el primero en hablar, soltando un doble sentido que lo hizo echarse a reír.
-Se lo has dicho, has jugado sucio - las palabras le salieron de los labios sin poder evitarlo. Al instante se arrepintió. No venía a aquello, él venía a hacer las paces.
Axel lo miró con curiosidad.
-¿He jugado sucio? ¿Y cual es el juego?
La pregunta del millón. Lo ha dejado clavado. ¿Y ahora qué?
Henrik no supo que decir por lo que, mientras pensaba a toda velocidad, se mantuvo con la boca cerrada.
-Ni si quiera sé por qué narices me has pegado. No te conozco de nada, solo de vista - reprendió Axel de nuevo con curiosidad.
Henrik comprendió que no podía seguir callado. Tampoco había ido allí para nada.
-Sólo vine para pedirte disculpas - fue lo único que supo decir. Porque no sería capaz de decirle la verdad. ¿Por qué te pegué? Porque le gustas a la chica a la que amo. No, no se lo diría. Nunca.
-¿Disculpas? ¿Desde cuando dos desconocidos se dan la mano después de que uno le diera una ostia al otro por amor al arte?
Henrik notó la ironía.
-Me da igual si las aceptas o no.
-Ciertamente tus disculpas no son ni sinceras - Axel entrecerró los ojos. Lo tenía muy calao -, ¿Te ha entrado miedin no? La chica te ha metido una paliza y tú has venido a disculparte.
Henrik le dirigió una mirada envenenada.
-Posiblemente el puñetazo solo sea tu primer plato.
La cara de Axel se puso seria con una rapidez inaudita.
-Atrévete a tocarme un pelo otra vez y te pondré una buena denuncia. Yo no te he hecho nada, déjame en paz pesado.
Henrik quiso discutirlo. Se había llevado el corazón de Karen, aunque sin querer, y eso ya era un robo mayor.
-No me caes bien.
-¿Y? A mi no me cae bien mucha gente y no voy por la calle dándole puñetazos a todos ellos - Axel colocó unos libros encima de una mesa -, aún no me has dicho a qué estamos jugando.
Henrik lo observó de espaldas a él. Esta vez había formulado la pregunta con un tono distinto.
-Pronto lo descubrirás.
-OH, bien, me gusta jugar a ciegas - y se echó a reír irritándole.
Henrik dio media vuelta y salió malhumorado, odiaba a aquel chico.
Pero mientras salía de la tienda, tenía la sensación de que aquel chico sabía muy bien de qué iba el juego.




Cuando Karen llegó a casa, su madre estaba sentada en el sillón esperándola.
-Llegas muy tarde - le reprochó.
-Desde cuando te importa eso - respondió a su vez Karen mientras se dirigía a su habitación.
-¡Desde ahora! - gritó su madre a lo lejos -, ¡así que no me enfades!
Karen la ignoró y entró con rapidez en su habitación cerrando con llave. Se quedó un buen rato, allí, de pie, pensativa.
Caminó hacia la ventana y observó la noche cerrada sobre la ciudad. Así mismo estaba cuando Edgar decidía darle un beso por sorpresa.
No sabía como reaccionar, se había llevado una gran sorpresa al sentir los labios de Edgar cuidadosamente sobre los suyos. Podía haberle rechazado, pegado, gritado, pero se quedó quieta, de pie, mientras el contacto de sus labios la paralizaba. No sabía por qué no le había pegado, era un auténtico misterio.
O quizás no tan misterio.
Karen se preguntó si ese beso había significado algo para ella. ¿Le había gustado? No lo sabía. Quizás, Edgar era algo más para ella que un amigo.
Se llevó las manos a la cabeza. Aún podía sentir sus labios, y pensó que se iba a volver loca. Sabía como era Edgar, y sabía que había intentado tener todo el cuidado posible. Por ella.
Caminó hacia su cama y se abrazó. En aquel momento, echó de menos a Axel.
Un Axel que no era suyo.
Además, le había metido una paliza a Henrik. ¿No se lo había dicho a su madre? Seguramente no, si no se hubiera notado que lo sabía.
La lucecita de su portátil parpadeaba. Karen ya suponía quien era antes de abrirlo y leer el mensaje. Hanne seguía emperrada en que ella cenase con Anders. ¡Pero a ella ya no le gustaba ese idiota! Si pudiera decirle que con quien quisiera cenar era con Axel…
Pero no le diría nada. Había aprendido que no se le podía confiar nada a Hanne. Y más sabiendo que a ella no le importaba nada más que conseguir lo que quiere.
Mientras intentaba aguantar las lágrimas de angustia, se tumbó en la cama y se quedó dormida.
Poco había cambiado a la mañana siguiente.
Se sentía rota, sin fuerzas, como si hubiera corrido una maratón, y aunque quiso dejar la mente vacía, todos los recuerdos seguían allí.
Y también la sensación de los labios de Edgar. ¿Sería capaz de volver a verlo?
-¡Karen! - oyó los gritos de su madre al otro lado - ¡Tienes una visita!
Karen se levantó como por un resorte. ¿Una visita? ¿Quién? Axel no podía ser, y Henrik tampoco. ¿Edgar? ¡OH dios mío! ¿Edgar la había ido a visitar? ¿Qué le diría?
Alguien tocó en la puerta y no supo qué hacer. La puerta estaba cerrada, así que corrió para abrirla en una rendija.
Pero la cara que se hallaba al otro lado no era para nada la que se esperaba, así que, con fuerza, la cerró de nuevo de un portazo.
-¡Karen! ¡Lo siento! ¡Por favor, perdóname! ¡Llevo días arrodillándome a tus pies para que me perdones! - suplicó Hanne.
-¿Es que no pillas la indirecta de que no quiero saber nada de ti? ¿Por qué no me dejas en paz, pesada?
-Porque eres mi amiga, te echo de menos.
-Pues yo no te echo de menos, y no soy tu amiga, hace tiempo que lo dejamos de ser.
-¿Por qué eres tan testaruda? - Se escuchó decaída al otro lado de la puerta.
-¡Debería preguntarte lo mismo!
Hubo un rato de silencio que Karen aprovechó para dar vueltas con la mano en la cabeza, pensativa. Tenía que lograr un modo de que la dejara en paz.
-¿Si acepto la cena me dejarás en paz? - preguntó al final.
-Pero… - se escuchó al otro lado.
Karen ya sabía bien lo que ella quería.
-¿Si acepto perdonarte me dejarás en paz?
Nadie respondió al otro lado. Karen le estaba diciendo que sí a la cena, y aceptaba perdonarla, pero no aceptaba la idea de que ellas dos siguiesen como antes. No sería capaz.
-Bueno, algo es algo… - se escuchó al otro lado de la puerta, al final.
Karen suspiró. Estaba cansada.
-Pues ya está. Perdonada. Déjame en paz.
-¡La cena es esta noche! ¡Te vendré a buscar y te arrastraré! ¡Lo prometiste! - la última frase se escuchó a la distancia, hasta que se ahogó tras la puerta cerrada. Se había ido.
Y se había ido muy contenta. Hanne sabía que las cosas no se conseguían todas juntas, sino una a una. Karen había aceptado al fin perdonarla, y además, iría a la cena. Después de eso, a Hanne no le resultaría difícil que Karen volviese a ser la misma de antes con ella, que volviesen a ser mejores amigas, como debería ser.
Cogió el móvil y llamó a Anders.
-¿Anders? He conseguido que aceptara. Sí. Esta misma noche. Ya te diré donde. No, haz lo que quieras, yo solo te pedí que cenarais juntos, lo que pienses hacer tú me da igual, pero tampoco te pases. ¿Que qué voy a hacer yo? Invitar a mi chico a mi propia cena. Sí. No te importa. Vale. No la cagues. Adiós.
Cuando colgó el teléfono, ya estaba delante de la librería. Se colocó bien la blusa y entró con decisión. Axel la esperaba al otro lado del mostrador.
-¿Listo? - preguntó ella.
Axel la miró interrogativo.
-¿Listo para qué?
-¡Ah! ¿No te lo dije? Hoy te vienes a cenar conmigo.
Axel sonrió irónicamente.
-¿Quién te dice que voy a ir?
-Mmm… un sexto sentido. Venga, vamos.
Durante un rato, Axel no dijo nada y la miró con los ojos entrecerrados. Al final, optó por levantar los hombros indiferente, e irse con ella.




Estaba alegre. La noche anterior se había ido a dormir tranquilo, relajado. Saber que la chica de la que estás enamorado desde pequeño, te ha dejado una puerta abierta para entrar, era increíble y relajante. Si lo intentaba, podría conseguirlo.
-Que bien estás trabajando hoy, Edgar - le dijera el empleado esa mañana -, sigue así.
Pero la felicidad no le duró mucho. Esa misma tarde, Henrik entró con rapidez en la cafetería. No se lo esperadaza. Lo vio entrar como una exhalación. Abrió las puertas sobresaltándole, y el vaso que secaba con un trapo casi se le cae de la mano. Henrik miró hacia los lados ciertamente enfurecido. Desde la barra, Edgar pudo observar su ojo morado. Karen le había propinado un buen puñetazo.
Cuando Henrik por fin lo encontró, se dirigió hacia él.
-¡Eh! Te dije que me ayudaras - se señaló el ojo - esto no es ayudar.
Edgar bajo la mirada hacia el vaso seco.
-Perdona, pero tu ojo no me incumbe a mí. Si no le hubieras propinado un puñetazo a Axel no habrías despertado a la bestia - dijo con una sonrisilla en la cara mientras cogía otro vaso para secar.
Henrik por primera vez oía el nombre del chico. Así que ese idiota se llamaba Axel.
-Tú me vas a ayudar a alejarla de él, o sino, ya sabes lo que va a pasar.
Edgar levantó la cabeza de nuevo, esta vez con una mirada asesina y desafiante. Henrik de repente sintió miedo. La verdad era que Edgar parecía un matón con el pelo rapado y esa mirada verde claro profunda. Y enfadado no mejoraba su aspecto.
-Mira tío. Me estás cansando, y que sepas que no me caes bien. Y mucho menos para Karen. Que te quede muy claro lo que te voy a decir. Primero: no pienso ayudarte. Dos: Atrévete a alejarme de Karen y te propinaré tal ostia que eso que tienes en el ojo será un pequeño moratón. Y tres: ya puedes meterme en la pelea, porque pienso luchar por Karen. Y estoy en ventaja.
Henrik lo miró con sorpresa. ¿Luchar? ¿Iba a luchar por Karen? De repente visualizó un terreno de juego con cuatro piezas: la reina, el rey, y los alfiles.
¿Pero quién era el rey?
Henrik odiaba a Edgar, le acababa de quedar muy claro. Lo odiaba a él y odiaba a Axel. Quiso pegarle a él también una ostia, pero no quería enfadarlo.
Indignado, se dio media vuelta para salir del bar.
Edgar se quedó de pie mirando la ida de Henrik.
Y de pronto, le entraron unas terribles ganas de reír y de llorar.




Karen no sabía qué hacer.
Estaba sentada en la cama, preparada para la cena, pero no quería ir. Obviamente, había cometido una estupidez. Y todo por culpa de Hanne. Sin duda, cada vez la odiaba más. ¿Cómo se podía odiar tanto alguien que había sido lo más importante durante toda tu vida?
Miró el reloj de su muñeca. En cualquier momento su madre llamaría por ella para decirle que alguien la iba a buscar. Se había puesto lo primero que había pillado, y tampoco le importaba estar guapa delante de Anders.
Y tampoco quería verlo.
Sabía que si lo veía recordaría lo sucedido y le dolería. Y aunque Anders ya no le gustaba, hay cosas que jamás se olvidan. Jamás.
-¡Karen! ¡Un chico ha venido a buscarte!
Karen suspiró y se levantó. Justo en ese momento sonó el teléfono.
-¡Mamá! ¡Dile que espere un momento! - le gritó rápidamente.
Karen pensó que su relación con su madre ya no estaba tan tensa.
-¿Sí? - cogió con rapidez. Luego pensó que ni siquiera había visto el número del que llamaba.
-Karen, soy yo.
Karen sintió que le recorría un escalofrío por su cuerpo, y la sensación de los labios de Edgar volvieron a su mente, obligándola a regresar a su realidad.
-Edgar… no esperaba tu llamada…
-Ya… - parecía contento -, quería preguntarte si quieres dar un paseo. Tengo que decirte algo sobre Henrik.
Karen miró hacia los lados con angustia.
-No puedo…
-¿Por qué? ¿Tu madre?
-No. No es eso… es que… Hanne últimamente se ha vuelto muy pesada con que la perdone y salga a cenar con Anders, y para que me dejara en paz he aceptado.
-¿QUE? ¿Vas a salir con ese idiota? ¿Hoy? - Edgar parecía escandalizado.
-Lo siento, Edgar. A mí tampoco me gusta la idea. Tengo que colgar. Adiós.
Al otro lado de la línea, Edgar se quedó con cara de póker. Lo primero que pensó fue: éramos pocos y parió la abuela.
Miró hacia los lados, buscando su cazadora, y en cuanto la vio, salió del piso corriendo. No vivía muy lejos de Karen, con un poco de suerte, los pillaría no muy lejos de su apartamento.
¿Cómo había aceptado Anders una cena con Karen? Sabía que la odiosa de Hanne había tenido algo que ver, pero que consiguiera tal cosa eran palabras mayores. Anders no aceptaba así por así.
Y lo peor de todo era que Anders no era un buen tipo.
Corrió lo más deprisa que pudo y empezó a sentir calor. Sabía que si se quitaba la cazadora luego le entraría el frío y cogería un resfriado. Pero no pensó en nada más que en seguir corriendo y alcanzarlos.
Poco a poco se fue acercando al piso de Karen. Solo le faltaba una esquina y con un poco de suerte podría divisarlos no muy lejos.
Pero al girar la esquina no vio a la persona que se hallaba casi delante de la puerta del piso, y chocó contra ella cayendo al suelo.
Se quejó dolorido por el golpe, y pidió un perdón al aire, preparado para levantarse, otear el horizonte y seguir corriendo.
-¿Qué coño haces aquí? - oyó una voz conocida.
Se había chocado con Henrik. Cosas de la vida.
-Lo mismo te digo. Karen no quiere saber nada de ti.
-Pero su madre no opina lo mismo - dijo con una sonrisa burlona - así que tengo otro punto a mi favor.
Edgar puso cara de asco.
-Y aún por encima te tiras a su madre. Me das asco. Adiós.
Lo ignoró y siguió corriendo. No los veía por ninguna parte, pero con un poco de suerte conseguiría divisarlos por alguna parte.
Henrik lo vio echar a correr. ¿Pero a dónde iba con tanta prisa? Entonces tuvo una sensación extraña, y algo le dijo que debía seguirlo.
Y así, en mitad de la noche, dos chicos echaron a correr entre las calles de Dinamarca.




Cuando Karen salió lo vio en la entrada, apoyado en la pared con despreocupación. Hacía muchísimo tiempo que no lo veía, y ya tenía su rostro casi olvidado.
Cuando la vio salir se enderezó con rapidez.
-¿Vamos ya?
Karen suspiró. No lo pudo evitar. No lo amaba, ya no. Pero recordó lo fuerte que había sido lo que sentía por él. Tan fuerte que aquel recuerdo parecía tan real y actual que creía vivir en otro tiempo, en un mundo donde las cosas no habían cambiado tanto.
Asintió y se colocó a su lado, y los dos caminaron hasta la entrada.
-No hace falta que hagas el idiota. No sé como te ha convencido Hanne para que aceptes esto.
Anders la miró y sonrió.
-Nada. Me lo preguntó y yo acepté. Tenía ganas de verte.
Karen quiso decir lo mismo, pero prefirió cerrar la boca.
-¿A dónde vamos?
-Es una sorpresa.
Karen lo miró y alzó una ceja.
Los dos salieron del apartamento y comenzaron a caminar por la acera. Hacía ligero frío así que se abrazó para resguardarse.
-¿Tienes frío?
-No - contestó con una rapidez que la sorprendió a ella misma. Se conocía esa historia. Primero el chico le preguntaba si tenía frío, ella decía que sí, y el chico o le prestaba su chaqueta o la abrazaba. Y en cualquiera de los casos, Karen no quería sentir sobre su piel nada que hubiera tocado la suya.
Anders sonrió. La verdad es que Karen no le gustaba y nunca le había gustado, aunque estaba bastante buena. Ella era un reto. Antes no lo había sido, solo era una chica locamente enamorada. Esas cosas le aborrecían.
Pero ahora las cosas cambiaban en cierto sentido. Hanne era una real estúpida al creer que Karen seguiría enamorado de él después de todo lo pasado. Hasta él veía esas cosas. Y aceptó porque sabía que Karen lo rechazaría. Y le gustaban los retos. No la quería, ni la amaba. Pero hacía tiempo que no jugaba.
Y claramente Karen no querría que le diera la chaqueta ni que la abrazara, claro, porque no está enamorada de él, y hasta aseguraría que le da asco. Mejor, así el juego es más interesante.
Poco a poco se acercaron a su destino.
Anders escogió propiamente el local. Cuando llamó a Hanne, esta le dijo algo de una cita, pero no se fiaba de esa tonta. Y no querría que lo espiase en su juego. No la quería en medio.
-Ya llegamos - le dijo.
Karen se había mantenido callada durante todo el trayecto, y pensaba seguir igual durante la cena. No tenía nada que hablar con ese chico. Nada en absoluto.
Los dos se acercaron a una mesa y se sentaron. Aquel día, el Dahl City estaba bastante lleno.




La noche había caído sobre la ciudad. Hanne estiró los brazos. Había conseguido que Axel estuviera todo el día con ella. Pasearon por los parques, comieron un helado, hablaron…
Hanne se concentró en parecer una chica adorable. Así conseguiría lo que quiere. Estaba segura de que Axel caería esa misma noche. Estaba casi segura.
-¿Tienes hambre? - le preguntó.
Axel bostezó. Se lo había pasado bastante bien. Aquella chica tenía demasiada energía, y hacía tiempo que no hacía tantas locuras.
-Sí, un poco.
-Venga, vámonos a cenar.
-¿A cenar? ¿A dónde? - preguntó Axel. No tenía muy claro cuáles eran las verdaderas intenciones de aquella chica.
-Al primer restaurante que veamos. No importa. ¡Vamos!
Hanne lo agarró de la mano y tiró de él, obligándole a correr tras ella.
Axel no pudo discutir, empezó a correr tras Hanne. Aquella larga tarde habían hablado mucho. Se habían dicho sus gustos, aficiones, preguntas al azar que respondieron en ocasiones con risas. Hanne le contó que había terminado la ESO y que estaba intentando encontrar un trabajo. Le contó que últimamente había estado ocupada intentando arreglar las cosas con una amiga a la que le había fallado sin querer, luchando por su amistad, cosa que realmente le agradó de ella.
Luego él le contó que trabajaba de ayudante en la librería, que le gustaba leer y cosas por el estilo.
De pronto Hanne frenó en seco.
-Este está bien, ¿entramos?
Axel alzó la cabeza. Hanne quería cenar en el Dahl City.
-¿Aquí? - preguntó echando la cabeza hacia atrás para poder ver bien el gran cartel luminoso del restaurante.
-Sí, ¡venga! - de nuevo le agarró de la mano y lo arrastró hacia el interior del restaurante. Escogieron la primera mesa vacía que encontraron y se sentaron mientras Hanne sonreía de felicidad.
Axel iba a ser todo suyo.




-Bueno, ¿y que quieres cenar? - preguntó Anders.
-La verdad es que me da igual - confesó con desgana Karen -, una ensalada y macarrones con carne - la verdad es que le gustaban bastante.
Anders asintió y levantó la mano para indicarle al camarero lo que querían cenar. Karen lo observó. Había pasado mucho tiempo desde todo lo que había pasado, aunque en realidad no había pasado tanto, pero para Karen había sido una auténtica eternidad. Seguía igual de guapo como siempre, pensó a su pesar, pero Karen sabía que Anders no le gustaba, había conseguido superarlo y olvidarlo. Una vez más vio a Axel como su gran aliado para sacar a Anders de su mente.
-… viniste?
Karen volvió a la Tierra rápidamente al darse cuenta de que Anders le estaba hablando.
-¿Qué? - preguntó.
Anders suspiró.
-Te preguntaba que por qué viniste.
-Ah… no te molestes, no fue por ti. Fue para que Hanne me dejara en paz. Sigue empeñada en que volveremos a ser amigas, pero eso no va a pasar… - de pronto se paró. ¿Por qué le estaba contando aquello? A él aquello le traía sin cuidado -, ¿Y tú? ¿Por qué viniste? - preguntó a su vez mientras jugueteaba con una servilleta aburrida.
-Por ti.
Karen al principio creyó haber oído mal, así que no mostró ninguna expresión de sorpresa. Pero al notar el silencio posterior, comprendió que lo había dicho de su boca.
-¿Qué? ¿Por mí? - no se lo podía creer. Estaba segura de que le estaba tomando el pelo.
Anders abrió la boca para decirle algo pero el camarero se acercó con los platos en la mano, cortándolo.
-Venga, cenemos… - exclamó Anders. Era mejor que le dijese todo eso a la salida del restaurante, en un lugar mas tranquilo.




-¿Qué vas a cenar? - Hanne le sonrió de oreja a oreja mientras se inclinaba hacia Axel a espera de que le respondiese.
Axel leyó la carta de menús de arriba abajo con curiosidad. Divisó macarrones con carne, y decidió que era un buen plato.
-Macarrones con carne - dijo sonriente mientras bajaba la carta.
-Perfecto - Hanne sonrió más. Ya estaba pensando en lo próximo que podría hacer. Le pediría que le acompañase a casa. Aquella noche estaba vacía. Era toda suya.
Le pidió con rapidez al camarero lo que querían cenar. Cuanto antes acabasen antes podría Hanne pasar al segundo plan.
-¿Y bien? ¿Te lo pasaste bien? - le preguntó.
-Sí - respondió Axel con una sonrisa sincera. Había perdido todo un día de trabajo, aquello ya no le hacía tanta ilusión - ¿Por qué todo esto? - Axel tenía mucha curiosidad - no nos conocemos de nada y me invitas como si fuéramos amigos de toda la vida.
-Yo soy así - dijo entre risas. Aunque estaba deseando decirle que era porque quería que fuese todo suyo, pero el primer día que quedaban después de pasarse por la librería durante unos días sonaría demasiado fuerte, y Hanne no quería espantarlo.
-Sí, si ya lo veo ya… - exclamó él riéndose también.
El camarero no tardó nada en traerles la comida, y, hambrientos, comenzaron a cenar mientras continuaban hablando el uno con el otro.




Edgar había corrido todo lo posible, pero para su desgracia no había logrado encontrar a Karen y a Anders. ¿Dónde se habían metido? No podían haberse ido muy lejos.
Henrik lo había seguido durante todo el trayecto, hasta que paró cuando vio que Edgar llegaba a un callejón mental sin salida, y daba la vuelta.
Edgar lo observó.
-¿Qué haces? ¿Me estás siguiendo? - preguntó molesto.
-¿Y tú qué? - respondió de mala manera Henrik.
-¿Y a ti qué te importa? - Henrik se dio cuenta de que tenía razón, no tenía ningún sentido seguirlo ¿no?
-Estabas buscando a Karen.
-¿Y? Es de mi incumbencia - Edgar dio media vuelta y pasó de largo cuando llegó al nivel de Henrik, mirando hacia los alrededores con la esperanza de verlos por cualquier lado.
-Sé que la amas mucho, la conoces más que yo. Pero yo también la amo… - Henrik no pudo evitar decir esto. Aunque odiaba a Edgar con todas sus fuerzas, no quería que pensase todo lo contrario de él.
-¿Perdona? Pegarle al chico que le gusta, ir detrás de ella y aún por encima liarse con su madre. ¿Dónde ves el amor por ahí? Tienes un problema mental. A Karen eso no le enamora, la espanta. Y a estas alturas deberías tener muy claro que te odia. Déjala en paz.
-No pienso hacerlo.
Edgar se pegó a él con ganas de partirle la cara. Hacía tiempo que alguien no lo enfurecía tanto como aquel tipo. Y aún por encima todo tenía que ver con la chica a la que siempre ha amado.
-Me estás irritando. Eres un pesado.
-¿Me vas a pegar? - Henrik se puso chulito. Nunca se había puesto así con nadie, y menos con un chaval de diecinueve teniendo él treinta.
-Quizás… - Edgar dudó. Sabía que a Karen no le importaría, pero temía dejarle ciego. Todo tenía sus límites.
Y justo cuando parecía que se iban a pelear. Edgar escuchó unos gritos que él bien conocía.




Habían terminado la cena casi en silencio, sin decir nada, pero sonriéndose. Karen se sentía algo irritada, no quería estar allí. Pero sabía que la noche aún no había concluido.
El camarero se acercó a ambos, y fue Anders quién decidió pagar la cena. Karen le dio las gracias.
-¿Te acompaño a casa? - preguntó.
-No hace… - Anders la agarró por el brazo y la arrastró fuera del restaurante por la calle oscura en dirección a su casa. Ella no dijo nada, una vez entrase en el calor de su hogar, todo habría acabado. Pero tenía un muy mal presentimiento.
Justo en ese momento, Hanne y Axel también terminaban su cena y la pagaban. Hanne estaba feliz. Ya era la hora, estaba segura de que lo conseguiría.
-Venga, ¿Me acompañas a casa? - le soltó de pronto Hanne a un Axel que ya deseba volver a casa. Estaba cansado. Cuando la escuchó, sonrió.
-¿No se supone que eso debo preguntarlo yo? - levantó una ceja con sorna.
Hanne sonrió maliciosamente.
-¿Me acompañas o no?
Axel se echó a reír.
-Venga, vamos… - y comenzó a caminar. Hanne contenta, intentó que no se le notara la alegría de más, y se apresuró a acercarse al ritmo de Axel. Evitó el impulso de cogerlo del brazo, no quería asustarlo. Se lanzaría en el justo momento en el que llegasen a su casa.
-¿Por dónde se va? - preguntó Axel.
-No se va por aquí a mi casa - dijo Karen no muy lejos mientras Anders seguía caminando asiéndola con fuerza del brazo. Anders no respondió - ¿Anders?
Al ver que este continuaba, Karen intentó zafarse de su brazo, pero fue incapaz. Entonces Anders dejó de ignorarla y frenó en seco.
-Venga, ¿Por qué quieres volver a tu casa? Aún es demasiado… pronto.
Karen olió el peligro, un peligro que le provocó un escalofrío en la nuca. Anders fue acercándose a Karen mientras ella retrocedía. Hasta que se topó con la pared y se vio arrinconada.
-Anders, por favor, déjame en paz.
-No finjas. Puede que lo hayas superado, pero tú aún estás colgada por mí - sonrió picaronamente. A Karen le entraron náuseas.
-A mí ya no me gustas. No te tengo ni siquiera un poco de aprecio. Cada parte de tu cuerpo me dan ganas de vomitar, así que aléjate de mí.
Anders volvió a sonreír maliciosamente mientras se inclinaba sobre ella, sobre su cuello.
-Peleona. Así tiene más interés. Vamos, podemos pasarlo muy bien…
Karen sintió los labios de Anders sobre su cuello, y sus manos agarrando con demasiada fuerza sus brazos. No veía escapatoria. Tenía miedo, ella no quería aquello, ella quería irse a casa.
Y con todo, chilló esperando que alguien la fuese a ayudar.
Axel, que estaba tranquilo, oyó un grito que lo frenó por completo. ¿Alguien estaba en peligro?
-¿Has oído eso? - le preguntó a Hanne.
Ella también lo había oído y se había girado por un momento alertada. Pero nada podía fastidiarle la noche, ni siquiera una chica en peligro.
Antes de darse cuenta, Axel se había escapado de ella con rapidez en busca de la que había gritado. Hanne, por no quedarse atrás, corrió tras él. Giraron varias esquinas, siguiendo los gritos hasta que estos pararon bruscamente. Giraron una esquina más y vio como Axel frenaba en seco, así que ella corrió tras él y se frenó para seguir su mirada.
A ninguno de los dos les dio tiempo a reaccionar. Axel pudo distinguir el rostro y la silueta de Karen tras la enorme sombra de un chico que parecía estar abusando de ella. Nada más verla quiso correr para salvarla, pero el tío que le había dado el puñetazo, y el chaval que había estado el otro día con Karen en la librería ya se habían abalanzado sobre el maltratador separándolo de una Karen llorosa y asustada, y llevándoselo lejos mientras este se peleaba para soltarse. Los tres empezaron a golpearse.
Karen se llevó la mano al corazón. Había tenido suerte y habían oído sus gritos a tiempo de que pudiera suceder algo malo. Le dio igual que Henrik también la hubiese ayudado. Lo único que importaba era que estaba a salvo. Sintió un terrible odio hacia Anders y hacia Hanne, que le había hecho pasar aquello. Se echó a llorar angustiada y temblando de miedo.
Se dio cuenta de que había alguien más presenciando aquello y giró la cara asustada para ver quién era el público. Y lo que vio la dejó de piedra.
Axel estaba en primera línea observando con preocupación la escena. Detrás de él, a muy poca distancia estaba Hanne. ¿Pero qué…?
Y lo comprendió todo. Una vez más, Hanne se estaba intentando ligar al chico que ella quería. Menuda novedad. Su furia hacia ella se incrementó, y las lágrimas de ansiedad se unieron a las de enfado y decepción.
Ni siquiera fue capaz de mirar a Axel.
-Karen, yo… - Hanne no podía creerse lo que acaba de mirar. La cita había acabado de una manera que ella no había previsto. Sus opciones de que la perdonase ya eran imposibles - lo siento… no sabía que iba a acabar así…
Karen, cuando llegó a su altura, la miró con dureza tras la humedad de sus ojos. Y aún por encima se disculpaba. Con toda la furia que tenía dentro, levantó la mano y le propinó una bofetada fuerte que la obligó a llevar la mano a la cara.
-No vuelvas a hablarme nunca más.
Y echó a correr sin poder creer lo mal que había acabado aquel día. Quiso morir, quiso desaparecer.
No supo cuánto corrió. Llegado a cierto nivel cesó la velocidad agotada y con hipidos, hasta que frenó por completo delante de un parque. Decidió sentarse en uno de los columpios y empezó a balancearse como cuando era pequeña.
Aún no podía creerse que Anders hubiera intentado abusar de ella. Jamás se habría imaginado una situación así y eso la asustó. Pensó en Edgar. ¿Estaría bien? Lo había dejado con Henrik y con Anders, y de pronto tuvo miedo de que le hicieran daño. Se arrepintió de haber salido corriendo y no haber ayudado, aunque quizás en aquel estado tampoco hubiera servido de mucho.
Oyó unos pasos cerca y sobresaltó. ¿Y si era Anders?
-Tranquila, soy yo.
Oír su voz, de pronto la relajó. Axel caminó hacia ella medio cansado. ¿Había corrido tras ella para no perderla de vista? ¿Y por qué la había seguido?
Se sentó en el columpio que estaba pegado a ella y juntos, se balancearon bajo la noche.
-¿Estás bien? - le preguntó.
Karen asintió agotada. Últimamente los días eran más duros y largos, y con situaciones como esas lo era más aún.
-¿Qué pasó? - preguntó esta vez, mirándola esperando la respuesta.
Karen le devolvió la mirada. No entendía aquel interés. Axel le sonrió y eso la tranquilizó.
-Hanne, la chica que estaba detrás tuya quería que tuviera una cita con el chico que viste. Hacía tiempo que no nos hablábamos por un problema, y Anders me gustaba. Aunque ahora no, le dije que sí para que me dejara en paz, y bueno, ya ves como terminó la cena.
Axel asintió entendiéndolo todo. Sin duda, el mundo era muy pequeño para tener que encontrarse con la ex amiga de Karen.
-¿Por qué me has seguido? - se atrevió a preguntarle.
-Estaba preocupado por ti. Te fuiste corriendo sin más.
Karen alzó la mirada y ambos se observaron durante un instante. El corazón de Karen iba demasiado rápido para su gusto. Eran demasiadas emociones en un día. Miró al cielo.
-¿Y qué tal tu cena? - preguntó sin poder esconder su molestia.
-Bueno… - él también miró hacia el cielo -, comparto lo de que tu amiga es muy pesada. Estuvo toda la semana encima mía y hoy me llevó a rastras por todos lados hasta ahora. Estoy agotado. - Se frotó los ojos.
Karen apoyó la cabeza en la cadena que sujetaba el columpio y aprovechó ese breve momento para mirarlo con una sonrisa. Sin duda, era un encanto. Él era perfecto.
-Se está haciendo tarde. Será mejor que vayas a casa y descanses después de lo de esta noche - dijo sonriendo de lado -, ¿Quieres que te acompañe?
Ambos se volvieron a mirar.
Ella levantó los hombros.
-Si quieres - y sonrió.
Ambos se levantaron del columpio a un tiempo y comenzaron a caminar hacia el piso de Karen. Por un momento, Karen pensó que el día no había sido tan malo.

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Lun Abr 01, 2013 2:05 pm

Me encantó. Me dejaste como dos capítulos @-@. Wow.
Eres la mejor, Luz. Ahora voy a hacer mi tarea y descansar un poco, porque tengo un dolor de cabeza algo duro x'D.
Gracias por publicar tus historias, linda Smile.

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Lun Abr 01, 2013 2:08 pm

De nada ^^ me alegra de que te hayan gustado Very Happy

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Lun Abr 01, 2013 4:39 pm

CAPÍTULO 7




Cuando abrió los ojos, Karen se sentía feliz. Aunque la noche anterior casi pasa algo horrible, el rostro de Axel eliminaba todo mal recuerdo. Se estiró pensando en su conversación, en como Axel la había acompañado hasta casa. Se levantó y observó desde su posición las gotas de lluvia contra el cristal de su ventana. Los mejores días no parecían traer nada bueno, así que sonrió y saludó a su conocida amiga la lluvia.
Bajo la mirada y se encontró con que una luz parpadeaba en su móvil. Tenía veinte llamadas perdidas de Edgar. Marcó su número y lo llamó.
-¿Karen? ¿Karen? ¿Estás bien? - se escuchó de pronto al otro lado de la línea.
-Tranquilo, tranquilo… estoy bien Edgar, no te preocupes.
-Es que no sabía si ese mal nacido de Anders te había echo daño o no…
-La cuestión es si te hizo daño a ti.
-Yo estoy bien. Entre el idiota de Henrik y yo conseguimos dejarlo inconsciente.
-¿Qué hacíais juntos? ¿Cómo me encontrasteis?
-Dijiste que ibas a tener una cita con Anders y me preocupé y salí detrás de ti, y el imbécil de Henrik me siguió. Luego oímos tus gritos y salimos en tu busca.
Karen suspiró mientras se frotaba la frente.
-Lo importante es que no pasó nada y nadie salió herido. Sin contar el asqueroso de Anders.
Edgar también suspiró al otro lado de la línea.
-¿Por qué huiste? - preguntó.
Karen de pronto se calló. ¿Cómo le sentaría a Edgar que ella hubiese escapado, Axel la hubiese seguido y hubiera estado hablando hasta que él la acompañó a casa? Obviamente no era para tanto, pero ya había visto cómo funcionaban los celos de Edgar. Quizás contárselo no era lo más conveniente.
-Tenía miedo, quería irme a casa y salí corriendo hacía allí. Nada más.
-Vale. Me alegro de que estés bien. Bueno, tengo que colgar, que entro ya a trabajar. Hasta luego, un beso. Te quiero.
-Hasta luego. Y yo.
Ambos colgaron.
Un te quiero. Dos significados distintos para cada uno. O quizás no tan distintos. Karen comenzó a notar como su cabeza volvía a convertirse en una papilla.
Supuso que era mejor no contarle nada de la noche anterior a su madre o tendría prohibido salir de por vida. Era mejor no empeorar las cosas.
Suspiró y agachó la cabeza pensando en todas las cosas que le habían sucedido. Lo de la noche pasada le había servido a Hanne de ejemplo para que la dejase en paz, o eso pensaba. Estaba segura de que le sería imposible mirarla a la cara sin pegarle de nuevo.
Se levantó y se vistió. Tenía muchas ganas de salir. Y además mucha hambre.
Su madre estaba haciendo el desayuno en la cocina, felizmente. Ambas habían hablado muy poco los últimos días, lo que había evitado las discusiones, y eliminado la tensión entre ambas.
-Buenos días, dormilona – dijo sin girarse -, ayer llegaste tarde. ¿Qué tal te ha ido?
Karen suspiró una vez más.
-Nada, ese chico es un idiota, no volveré a aceptar una cena – improvisó para responderle algo convincente. ¿Por qué la estúpida de Hanne no se había dado cuenta de que ella ya no quería a Anders? ¿Por qué no se había dado cuenta de que Anders era una mala persona que no quería a nadie más para hacer cosas como las de ayer?
-¿Karen? - preguntó la madre, ya sentada en frente suya.
-¿Sí? ¿Decías algo?
-Dije que ese chico me parecía buena persona.
Karen agachó la cabeza mirando con resentimiento al plato con las tostadas.
-Ya, no todo es lo que parece.
Ambas giraron la cabeza al oír el timbre.
Su madre abandonó su puesto y se acercó a la puerta para ver quién era. Karen sintió un escalofrío y pronto supo que no le iba a gustar lo que había al otro lado.
-¡Henrik! - exclamó su madre. Había dado de lleno -, me alegro de verte. ¡Pasa! Ya veo que te has recuperado.
Henrik sonrió mientras buscaba a Karen con la mirada.
-Sí, bueno, soy un tío fuerte. Ese tío no pudo conmigo.
Karen casi se atraganta. ¿Tío? ¿Que le habrá dicho a su madre? Le dio rabia no haberle pegado más fuerte.
-Mamá, salgo. Que os lo paséis bien... - dijo mientras se levantaba con rapidez y salía por la puerta sin devolverle la mirada a Henrik. Suplicó que algún día la dejase en paz.
Una vez en la calle, observó que se había dejado el paraguas en casa, y maldijo a sí misma. Ahora tendría que volver a subir en busca del paraguas. ¿En qué estaría pensando?
-¿Por la calle y sin paraguas señorita? - oyó una voz a sus espaldas que la sobresaltó.
Axel la miraba con una sonrisilla graciosa mientras sujetaba su enorme paraguas en su dirección. Karen creyó vivir en un sueño.
-¿Axel? ¿Que haces aquí? - preguntó sorprendida.
-Nada, estaba de paso hacia la librería, y mira tú por donde me encontré con un corderito desprotegido. ¿Su destino madame?
Karen le sonrió.
-No lo sé. Solo quería huir de casa, el treintañero está allí arriba.
Axel puso cara de horror y de comprensión. Karen se dio cuenta de que su ojo había mejorado tanto que apenas se notaba que días atrás le habían pegado un puñetazo.
-Comprendo. Entonces si quieres súbete a mi carro y te llevo lejos de aquí.
-Mmm.... ¿Por qué no? Me gustan las aventuras – y ambos se echaron a reír mientras Karen daba un salto para quedarse bajo el paraguas de Axel. Comenzaron a caminar.
-Quizás también entre en la librería. Hace tiempo que no compro un libro.
-Pues ya sabes. Toda compra de libros es buena.
Karen sonrió.
-Oye... ¿Sabes por qué te pegó Henrik?
Axel por un momento se puso a pensar como si hubiera recordado algo importante. Luego la miró y sonrió.
-Ni idea. Lo que sí sé es que está enamorado de ti. Y es un iluso porque hasta un idiota a kilómetros de distancia se daría cuenta de que no te interesa en absoluto. Y se lo dejé bien claro.
-¿Cuando averiguaste que le gustaba? Porque... - sonrió de lado – creo que lo supiste tú antes que yo.
-Pues la primera vez que lo vi. Cuando tu madre te llamó, me echó una mirada de esas que matan. Tuve que haber averiguado que pensaba pegarme más tarde, así que por así. Pero no hablemos solo de mí. ¿Tú qué tal? Ayer cuando te dejé aún estabas algo nerviosa.
Karen quiso insultarlo. Si estaba nerviosa aún era porque el chico que le gustaba la estaba acompañando a casa, y eso ya era motivo de más.
Antes de darse cuenta ya habían llegado a su destino. Axel cerró el paraguas cuando ya estuvieron a cubierto.
-Bueno, ¿Entras?
Karen asintió y entró tras él. Era una situación distinta, y se sentía feliz por poder vivirla. No había nada mejor que aquello.
Se paró en frente de una estantería de libros mientras Axel se acercaba al mostrador.
-¿Marianne? ¿Susanne? - preguntó Axel mirando al almacén – no están.
Karen se acercó a él para ver lo que pasaba.
-¿Que pasa? - preguntó.
-No están en la tienda. Solo a estas dos locas se les ocurre dejar la librería abierta y sola.
Karen bajó la mirada y se encontró con una nota.
-Mira, creo que te dejaron algo – se la pasó a Axel. Axel la cogió y la leyó en silencio. Luego soltó un bufido.
-¿Que pasó?
-Pues que Marianne se fue de compras con su hija, y Susanne se ha tenido que ir por “un problema”.
Karen sonrió y miró a su alrededor.
-Entonces te quedas solo a cargo de la tienda. Mucho deben confiar en ti.
Axel la miró con escepticismo.
-Ya, como soy el mejor guardián de tiendas del mundo.
-No será para tanto – dijo entre risas.
Ambos se quedaron en silencio. Axel se llevó las manos a la cintura mirando a su alrededor, de momento vacío.
-¿Te gustaría ayudarme?
Karen lo miró sin haber comprendido del todo lo que había dicho.
-¿Ayudarte? ¿Dices aquí? ¿En la librería?
-¿Donde iba a ser si no? - la miró con sorna.
-Bueno, no sé cómo hacerlo.
Axel rodeó el mostrador y la agarró del brazo para llevarla a su lado.
-No te preocupes, te enseño yo. Mira, tenemos que ordenar estos libros nuevos que han llegado. Luego, cuando empiecen a llegar compradores, si ves que no se deciden ayúdales. Es muy simple. No te preocupes, de la caja registradora me ocupo yo – y le guiñó un ojo mientras se daba la vuelta.
Karen sonrió. No había nada mejor que pasar una mañana entera con él. Se sintió afortunada.




Le dolía bastante el cuerpo, y eso no quiso admitirlo al otro lado de la línea cuando Karen le devolvió la llamada. La noche pasada se había peleado a base de bien con Anders. Nunca le había caído bien, y descubrió que era un sentimiento mutuo cuando este le propinó a él primero un puñetazo en el estómago que casi lo deja sin aire. Henrik también se había llevado lo suyo, aunque decía que estaba perfectamente.
Las ganas de trabajar se reducían a cero. Pero cuando saliese iría a visitar a Karen y todo el cansancio se esfumaría por completo. Entro en el bar. Había llegado tarde.
-Llegas tarde – le dijo el jefe -, menos mal que eres uno de mis trabajadores preferidos sino te lo descontaba de la paga. Venga rápido, que ya hay gente esperando a que los atiendan.
Edgar aceleró el paso. Ese día se haría bastante largo, pero podría con ello.
Cuando se asomó a la barra poniéndose bien la etiqueta con su nombre en el pecho, se encontró con Henrik apoyado en frente suya. Le puso una mirada envenenada.
-¿Que haces aquí? Esto de que vengas a mi bar a molestarme se está convirtiendo en una rutina muy desagradable.
Henrik le puso mala cara.
-Quería llegar a un acuerdo. Nos unimos, aunque no nos gustemos, solo para intentar que Karen se olvide de Axel. Luego, que gane el mejor.
-¿De verdad crees que te será fácil que Karen se olvide de Axel? Lleva enamorada de él años. Además, yo no pienso hacer eso, la quiero, que decida lo que quiera.
-¿Eso es tu forma de ir a por ella? ¿De luchar por ella? Así no la vas a conseguir.
-¿Me estás ayudando a conseguirla? No, estás pidiendo mi ayuda para que te sea más fácil obtenerla como si fuera un premio, y así, perdemos todos menos tú. Olvídame, no me interesa tu trato.
-¿Recuerdas lo que te dije la primera vez que hablamos sobre ella? ¿En este mismo bar? Te dije que si no me ayudabas te alejaría de ella. No me hagas cumplir mi promesa.
-¿Ah sí? No podrás, ni aunque lo intentes. Además, todos tus planes hasta ahora no te han servido de nada.
-Soy muy bueno creando planes para destrozar a la gente. Y no suelo ser muy bueno. Además, me llevo con su madre, y las madres son muy fáciles de convencer. Más aún si confía plenamente en ti.
Edgar le dirigió otra mirada envenenada. ¿Como se podía ser tan cruel y malvado? ¿Como se podía disfrutar de esa manera destrozando a la gente?
-Cuanto más intentes separarla de los que quiere, más la unirás con ellos. Fíjate ahora. Axel y ella ya han hablado y se llevan más que antes, y todo por un estúpido puñetazo. Tus planes son un aborto.
-¿Estás seguro? No te recomiendo que me conviertas en tu enemigo.
-No eres mi amigo, así que eso ya te convierte en enemigo. Fuera del bar si no vas a tomar nada. Y ni se te ocurra volver.
Edgar se puso un trapo sobre el hombro enfadado mientras Henrik le echaba una última mirada desafiante y salía del bar.




Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis...
Karen contaba todas las personas que se habían acumulado en una cola deshecha a espera de que le cobren el libro que han cogido. De un momento a otro, la librería se había llenado de una manera bestial. Sus brazos ya comenzaban a quejarse por el esfuerzo.
Axel y ella se miraban con una sonrisa constantemente, mientras cada uno hacía su tarea sin descanso. Era un sueño hecho realidad, y Karen estaba en las nubes.
Al cabo de un cuarto de hora sin frenos, la gente comenzó a desaparecer hasta que la librería volvió a quedarse vacía.
-Menos mal que estabas tú para ayudarme sino ya me imagino atendiendo toda la tienda – Axel se dejó caer sobre una silla exhausto.
-Tampoco fue para tanto. Quiero decir, te amañas bastante bien tú solo.
-No digas eso ni en broma. Voy a tener que pagarte ehh...
-¿Que? Ni se te ocurra, esto fue voluntario.
Axel sonrió mientras negaba con la cabeza.
El móvil de Karen comenzó a sonar.
-¿Sí? - preguntó.
-¿Karen? Soy yo, Henrik.
-Ah... tú... ¿Que quieres? ¿Como conseguiste mi número?
-Me lo dio tu madre.
-Como no...
-Era para preguntarte si quieres quedar conmigo.
-¿Estás de coña? - Axel la miró con curiosidad. Al instante supo que era Henrik y se levantó para hacer la burla. Karen quiso echarse a reír -, contigo no quedaría ni en el infierno.
-¡Venga! No te arrepentirás. ¿Dónde estás?
-Déjame discutirlo. No te importa, ni se te ocurra. Déjame en paz, pesado, no quiero saber nada de ti. Y por favor, deja a mi madre en paz – y colgó.
-¿Quien era? ¿El memo de treinta años?
-Sí... - y suspiró. ¿Por qué no podía dejarla en paz? Ya sabía que estaba exageradamente enamorado de ella, pero... ¿Que más tenía que decirle para que comprendiera que no quería saber nada de él y deseaba que la dejase en paz?
-Venga, alegra esa cara – le dijo sonriendo -, ya llegará el momento en que vea que no tiene posibilidades y te deje en paz.
-No lo creo. Es un pesado. Además tiene a mi madre como excusa para acercarse a mí sin problema ninguno.
-¿A tu madre? - preguntó sin comprender.
-Sí. La tiene enamorada.
Axel abrió los ojos sorprendido.
-¿Y aún por encima se tira a tu madre?
Ambos se miraron poniendo una ligera mueca de asco. Al final terminaron por reírse a carcajadas.
-Lo sé. Es asqueroso.
-Dios, no me imaginaría que el viejo que te persigue también se tire a tu madre. Es increíble - Axel lloraba de la risa.
Las campanillas de la entrada de la librería tintinearon indicando que un nuevo cliente había entrado. Axel y Karen se miraron durante un segundo con una sonrisa feliz, y Karen se levantó para ver si necesitaría ayuda.
-¿Desea al…? - preguntó al ver que caminaba hacia ella.
Pero Karen se vio cortando la frase. Abrió la boca y creyó que el mundo había empezado a girar de una forma brusca mientras ella caía y caía en un extraño abismo. El hombre se paró a unos metros de ella y le sonrió de una forma que sólo ella conocía. Sus piernas flaquearon. No podía creerse que de verdad lo estuviera viendo.
Axel se levantó y los miró sin comprender nada en absoluto.
-No… no puede ser… - Karen sintió como su mente retrocedía años, muchos años atrás, a un pasado lejano que había dejado de existir en el tiempo.
-Has cambiado mucho, Karen. - dijo, con una voz grave y rasposa que la hizo temblar.
-¿Pa… pá?

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Lun Abr 01, 2013 8:27 pm

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Mar Abr 02, 2013 11:08 am

CAPÍTULO 8




El aire parecía que estaba congelado. Un aire que cortaba, un aire que quemaba en los pulmones cuanto más rápido respiraba. Y parecía que el oxígeno también se había helado y se había roto en nada.
Ambos se miraron. El corazón de Karen a mil por hora, sin saber si quería taladrar en ella o salir volando lejos de aquel lugar.
Por un momento, lo primero que pensó Karen era que todo se le había venido encima y se había vuelto loca, y que por eso su padre muerto se hallaba delante de ella, como si los años no hubieran pasado por él.
Luego pensó que habría muerto. Quizás al salir de casa la habían matado y ella no se había enterado, o que habría muerto durmiendo, y por eso había vivido ese extraño y feliz momento con Axel. Y por eso su padre muerto se hallaba delante de ella.
El aire le impidió respirar. La cabeza empezó a dar vueltas y abrió la boca. Quiso decir que aquello era imposible, pero de su boca solo salió un quejido agónico que terminó por volver su mundo totalmente oscuro.
Sintió que todo se alejaba de ella y que caía. Supo que alguien la había cogido, Axel posiblemente.
Ya no supo más.




Lo recordaba muy bien, tanto que era como si hubiera sucedido hace muy poco. El tiempo se había parado por completo, y el aire olía a tristura y a llanto. Recordaba a su madre sentada en el sofá de la sala de espera del hospital. Sabía que había ocurrido algo muy malo a su padre, lo intuía aunque no sabía muy bien el qué.
Recordaba el olor mustio del hospital, un silencio aterrador que se constituía por toses lejanas, los sonidos de algunos teléfonos, los pasos secos y lentos de la gente. No le gustaba ese ambiente, era triste y enfermizo. La gente que estaba allí no sonreía. Y sabía que no todos los que entraban salían.
Las enfermeras caminaban de un lado a otro con simples uniformes azul claro. Transportaban carritos de un lado a otro con cosas encima, medicamentos, comidas.
Y al fondo del pasillo una luz del techo parpadeaba rota, emitiendo sonidos eléctricos.
Lo recordaba todo muy bien, cada detalle, cada sensación. Recordaba una enfermera con el pelo de un tono ocre que bien podría ser castaño claro o rubio, recogido en una coleta. Era alta y escuálida. La recordaba acercándose a su madre.
Después lo único que vio fue a su madre doblándose en llantos. Y supo que su padre no volvería jamás.
Los llantos se hicieron más fuertes, y ella se tapó los oídos. No los soportaba. Y todo comenzó a dar vueltas de nuevo.
-Karen… Karen… - una voz la estaba llamando. ¿Quién era? ¿Axel? Era imposible, ella estaba muerta, porque había visto a su padre que también estaba muerto. Entonces Axel no existía. O sí se había vuelto loca. - Karen.
Karen poco a poco fue abriendo los ojos. Lo que primero vio fue un jersey gris. Sintió unos brazos abrazándola, y se sintió extraña. Le dolían las manos, y vio que estaban agarrando con fuerza el jersey. Toda ella estaba en tensión, y sus ojos estaban húmedos.
Respiró profundamente. Estaba en los brazos de Axel, echa un ovillo. De pronto sintió una vergüenza horrible que Axel la viera así, desmayándose como una idiota, porque lo de su padre no podía ser real…
-Karen, ¿estás bien?
Axel la miraba con la preocupación en sus ojos.
Karen estuvo un rato mirándolo atontada. No tenía energías para absolutamente nada, pero sacó fuerzas de su interior para asentir lentamente.
Axel suspiró relajado y levantó la cabeza.
-Está bien.
Karen se puso tensa de repente. ¿Con quién estaba hablando? ¿Acaso lo de su padre no había sido una alucinación?
Intentó levantarse con cuidado, con la ayuda de Axel, y una vez que estuvo de pie se giró para afrontar que su padre continuaba allí, mirándola. ¿Cómo podía estar allí si estaba muerto?
-Tú no puedes estar aquí - fue lo único que pudo decir -, tú estás muerto.
La cara de su padre se entristeció.
-Lo siento tanto hija. Os mentí a tu madre y a ti. Fingí… que moría. Fui un idiota.
Karen se lo quedó mirando como si intentara comprenderlo por su aspecto.
-¿Cómo se puede fingir una muerte, papá? - la voz parecía salirle de otro lugar.
Su padre abrió la boca pero no supo qué contestar.
-¿Cómo se puede fingir una muerte, papá? ¿Cómo puedes hacer creer a tu hija y a tu mujer que has muerto, hacerlas convivir con su propio dolor de una pérdida estúpida?
Axel los miraba a ambos. Cuando había visto la cara aterrada de Karen se había preocupado él también, y mucho más cuando veía que ella se derrumbaba, y tuvo que ser rápido para sujetarla a tiempo de que cayera al suelo.
¿Aquel hombre era su padre? Se fijó concienzudamente pero por más que lo intentaba no encontraba ningún rasgo en él que se identificara con ella.
Mientras escuchaba las palabras que a Karen le salían con fuerza y dolor, fue comprendiendo la situación. El padre de Karen se suponía que debía estar muerto, pero había fingido su muerte. El problema no era cómo, sino el por qué.
-¿Por qué lo ha hecho? - preguntó seriamente.
La mirada del padre de Karen se posó en él. Parecía lejana y arrepentida. ¿Pero existía un perdón para tales actos? Se preguntó Axel.
-No lo sé, en realidad. No llegué a saber lo que podía perder. Fue el acto de un insensato.
-Eso es normal en un chico joven, inexperto. Pero tú no eras ningún chico joven. Tenías ya una mujer y una hija. Y te quedaste sin nada por idiota - le reprendió Karen, antes de alejarse de Axel y salir de la librería corriendo, bajo la preocupada mirada de ambos.
Karen quiso correr. El mundo le daba vueltas y más vueltas. Pensó que saldría flotando. Pero habían pasado tantas cosas, tan increíblemente surrealistas… ¿Qué sucedería cuando se lo contase a su madre? Posiblemente no se lo creería. Dios, posiblemente se enfade diciéndole que con aquellas cosas no se debían bromear.
No estaba segura de si tenía ganas de llorar. Cuando vio a su padre lo primero que asimiló era que vivía en un sueño. Qué padre muerto aparecía en la vida real totalmente vivo. El suyo, solamente el suyo.
De todas formas, ella continuó corriendo hasta su casa. Quería alejarse todo lo posible de la librería de Axel. Cada paso que daba en su contra la desconcertaba más. ¿Era posible que todo aquello fuese real?
Tardó unos minutos en llegar a su piso. Subió las escaleras sin aire y abrió la puerta con desesperación.
-¿Mamá? ¿Mamá? ¿Mamá? - Karen gritó por toda la casa, pero solo le respondió el silencio.
Se dobló sobre ella misma sollozando una vez más, caminó deprisa hacia su habitación donde se derrumbó contra la pared. Los llantos de su madre el día que su padre supuestamente había muerto, le habían causado un trauma.
Un trauma que había sido para nada.
Lloró tanto que creyó que le dolían los ojos, el pecho, la cara entera. El mundo había dejado de tener un soporte para ella. Ahora este se balanceaba en un desconcierto presente. Todo le daba vueltas, y aquella sensación opresora que tenía en el pecho le impedía pensar con claridad. La vida, de pronto, le resultó estúpida.
El timbre de la puerta sonó. Karen sabía que si hubiera sido su madre no habría llamado, así que no se movió y continuó sollozando en la oscuridad de su habitación. Seguramente era Henrik, no quería verlo, era lo último que necesitaba.
Escuchó unos pasos rápidos por la casa que la alertaron. ¿Había dejado la puerta abierta?
-¡¿Karen?! - Una voz alertada irrumpió en su habitación.
Edgar entró en la habitación súbitamente agachándose sobre Karen, que alzó la mirada llorosa y destrozada hacia él.
Karen vio a Edgar como un colchón donde desahogarse, como siempre. En la oscuridad de su habitación, se echó de nuevo a llorar mientras se abalanzaba sobre el pecho de Edgar y dejaba que este la consolara como lo había hecho el día que su padre murió, o el día en el que Anders cambió su forma de ser por completo.




-¿Qué te pasa? - preguntó Susanne -, estás como en otro mundo.
Axel volvió al mundo y miró a Susanne interrogativo.
-¿Qué?
-¿Qué te sucede? - repitió entrecerrando los ojos.
-A mí nada. ¿Por?
-Sí, claro ¿Te has visto? Estás en un mundo aparte.
Axel bajó la cabeza y miró intensamente al suelo. El asunto de Karen le rompía la cabeza. ¿Por qué no la había seguido? Posiblemente necesitaba un hombro en el que desahogarse. ¿Pero cómo alguien podía tener un padre así? Por más que lo intentaba, no lograba encontrar una razón racional que le llevase al padre a tales actos como fingir su propia muerte.
Estaba preocupado por Karen, por cómo estaría ahora.
-¿Quieres ir a dar una vuelta? - le ofreció Susanne ante la seriedad de Axel.
Axel la miró durante un instante y terminó aceptando. No le vendría mal tomar un poco de aire para refrescar su memoria. Suspiró profundamente y salió de la librería decaído. Justo en ese momento una sombra corría hacia la entrada y ambos se chocaron. Ambos perdieron el equilibrio, pero no cayeron al suelo.
-¡Perdón! - dijo una voz femenina conocida.
Axel la miró. Era Hanne.
-No pasa nada…
-¡Hola! - ella le sonrió -, ahora mismo iba a entrar para verte.
-¿Para qué? Eres una pesada. - Axel pasó de ella y comenzó a caminar por la entrada.
-¿Karen te ha contado lo que ha pasado? - preguntó angustiada.
Axel se giró para mirarle a la cara.
-Mira, conozco a las chicas como tú. Os creéis el centro del mundo y pensáis que lo podéis conseguir todo. Pero no me gustas, ni me liaré contigo ni nada por el estilo, así que deja de perseguirme porque siendo una pesada no consigues más que empeorar las cosas. Me lo he pasado bien contigo, y todo tiene un fin. Además, no eres una buena persona por lo que me ha contado Karen.
El rostro de Hanne se volvió serio y triste. Todas las cosas le habían salido mal. Lo había perdido todo, y lo peor era que se había dado cuenta de que le había mentido al mundo y a ella misma: no había conseguido cambiar.




Victoria tuvo un muy mal presentimiento mientras iba caminando por la calle. ¿Por qué tenía esa desazón en el pecho? Sabía que algo malo había de ocurrir, y lo primero que pensó es que tendría que ver con su hija y que aquello se debía a su sexto sentido materno. Pero… ¿y si se trataba de otra cosa?
Con esto en mente se apresuró de volver a casa. Se hacia de noche cada vez más rápido, no quería dejar la casa sola a tales horas, y menos a su hija si es que había vuelto.
Nada la preparaba para lo que se le iba a echar encima de forma tan brusca.
Cuando llegó a su piso y abrió la puerta la oscuridad y silencio del pasillo le resultó extraña aunque conocida. Todos los días era la misma rutina, y podría subir a su piso a ciegas, casi como en aquel momento.
Cuando llegó se encontró con la puerta abierta. Se quedó por un momento como una estatua y pensó que alguien había entrado a robar. ¿Y si su hija estaba dentro? ¿Le habrían hecho algo? Tan rápidamente como esta pregunta pasó por su cabeza, entró velozmente en su piso en busca de su hija.
Escuchó unos llantos bajos que venían de la habitación de su hija y se preparó para lo peor. Corrió hacia allí, abalanzándose sobre la puerta.
En el suelo, sentados, vio a su hija llorando en los brazos de Edgar.
-¡¿Karen?! - chilló.
Karen no se movió y continuó su llanto resquebrajado. Edgar levantó su mirada hacia ella. En sus ojos pudo ver dolor, tristeza. Con rostro apenado abrazó más fuerte a su hija.
Victoria tuvo un flash. Y de pronto aquella escena se le antojó muy lejana, cuando el corazón de su hija se partía en mil trozos por culpa de aquella muchacha y aquel chico. Había sido una época terrible, y no la había vuelto a ver así. Hasta ahora.
El tiempo pareció ir despacio a su alrededor. Victoria se agachó ante ambos preocupada.
-Karen…
Karen tardó un rato en decidirse a mirar a su madre. Se había pasado toda la tarde llorando sin cesar y le dolía la garganta.
Ambas se miraron a los ojos. Victoria sintió que se resquebrajaba su corazón con el de su hija, de forma empática.
-Es todo una farsa… - logró decir entre llantos -, está vivo… está vivo… - y una vez más, se echó a llorar.
-¿Quién cariño? ¿Quién está vivo? - tenía el corazón en un puño. Sentía que sabía a quién se refería pero era una estupidez.
Edgar volvió a levantar el rostro hacia ella.
-Su padre.
Y esas dos palabras fueron suficientes para destrozar el corazón, alma y sentido de Victoria una vez más.

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Jue Abr 04, 2013 11:52 am

CAPÍTULO 9




Estuvo cerca de una semana metida en su habitación. Apenas comió ni bebió, y solo se levantaba para ducharse y lavarse los dientes y se abrazó en su cama en medio de la oscuridad, mirando hacia la nada. Era consciente de que había pasado una semana. Inmóvil, contaba las veces que la luz entraba por los agujeros de su persiana. El día en el que le contó a su madre lo sucedido, ambas rompieron a llorar bajo la apenada mirada de Edgar, que había estado con ella todo el día. Después todo fue muy confuso. Edgar le dio de beber, su madre se fue, y antes de darse cuenta estaba en cama, en esa misma postura, con Edgar, que le acariciaba el pelo en un intento de calmar sus tembleques que ni siquiera había notado.
Se había pasado dos veces más en aquella semana. Pero por el trabajo había días que no aparecía por allí. Su madre, a veces, entraba y le dejaba algo en la mesa y Karen, si veía la necesidad urgente, bebía o comía, y volvía a su postura.
Hace aproximadamente dos días su padre se había presentado en casa. Oyó los gritos de su madre, una mezcla entre llanto y odio. Se tapó los oídos hasta que se durmió.
Las dos noches siguientes se los pasó escuchando los llantos de su madre. Karen pensó que todo aquello había terminado por volverle loca, y que ya nada volvería a ser como antes.
-Karen… - oyó de repente, en medio de sus recuerdos de los llantos de su madre -, Tienes una visita…
Karen, que había estado casi siempre con los ojos abiertos, los cerró de cansancio. No quería más visitas. Sabía que Edgar no era. ¿Y si su madre se había decidido a dejar pasar a su padre? ¿De verdad cree que arreglaría así las cosas?
-Ey…
Aquello no se lo esperaba. Como si la sorpresa hubiera sido suficiente para despertarla, Karen abrió los ojos y giró la cabeza para ver el rostro preocupado de Axel sentado en el borde de su cama.
Se quedó un rato así, quieta, mirándolo. Pestañeó varias veces con la intriga de si la locura se había cebado con ella y Axel se desvanecería sin más. Pero vio que no era así.
-¿Qué haces aquí? ¿Cómo…? -la pregunta se quedó en suspense. Karen no sabía si preguntar cómo sabía exactamente donde vivía, cómo había llegado hasta su casa. Miles de preguntas se formularon en su cabeza.
-Pues iba caminando y vi a tu madre, y le pregunté por ti, y por cómo estabas. Y bueno, me invitó a darte una visita. ¿Estás bien? Por lo que me ha contado llevas días…
El ambiente se quedó en silencio. Ambos se quedaron otro rato mirándose, hasta que Karen suspiró y decidió por primera vez en muchos días cambiar de postura.
-Ya veo que lo de tu padre te ha afectado mucho. Lo siento. La verdad es que el otro día yo también me quedé sorprendido.
Negué con la cabeza.
-Nada. No pasa nada.
El rostro de Axel parecía preocupado.
-Sí que pasa, lo veo en tu cara. Estoy preocupado.
Karen volvió a mirarle a los ojos, sorprendida. ¿Preocupado? ¿Por ella?
-No tienes que preocuparte. Creo que ya estoy mejor. Yo y… mi madre estamos mejor.
-¿Y qué es de tu padre?
-Mi madre lo vio hace días y discutió con él. Luego de echarle fuera de casa diciéndole que no volviera a pisar esta ciudad jamás, bueno, lo pasó mal.
Axel le acarició el brazo.
-Ya vendrán tiempos mejores.
El simple contacto distrajo por completo a Karen. Quizás, olvidar todo lo sucedido con su padre no iba a ser tan complicado.




Henrik se hallaba de pie malhumorado. ¿Hace cuanto que no veía a Karen? Ni siquiera recordaba hace cuanto que no veía a su madre, el único puente que los unía. Habían pasado demasiadas cosas en tan poco tiempo. Karen lo odiaba. Pero él no podía renunciar tan fácilmente a ella.
Las cosas eran demasiado complicadas. ¿Por qué le resultaban tan complicadas?
Miró el reloj con impaciencia. ¿Y si había decidido no venir? ¿Habría sido capaz?
Entonces, lo ve asomarse por el fondo de la calle y suspira aliviado. No le gusta que le den plantón. Y mucho menos un tío. Y mucho menos ese tío.
-Menos mal que te dignas a aparecer.
-¿Qué quieres? He estado ocupado. No tengo tiempo para ti y tus estupideces.
-Serán estupideces, pero bien que has venido.
-Eso es porque cuando me llamas el tema siempre va a rondar alrededor de Karen, y eso sí me incumbe, lo quieras o no.
Edgar y Henrik se vuelven a mirar con odio.
-Mira. Tú y yo queremos lo mismo. Y no hay un premio común para los dos. Eso lo entiendo. Pero quiero llegar a un trato.
-¿Un trato? - Edgar no confiaba en Henrik.
-Sí. Tú quieres a Karen. Yo quiero a Karen. ¿A quien quiere Karen?
-¿Qué pretendes? ¿Qué obligue a Karen a que deje de amar a Axel? Ya te dije lo que opino sobre ese tema.
-Pero tú me has dicho que ibas a luchar por ella. ¿Si vas a luchar por ella sin hacerle olvidar a Axel, cómo la vas a conseguir?
Edgar se queda pensativo.
-¿Y qué plan tienes? - resignado, acepta que el plan de Henrik le beneficia.
-Bien. Entre los dos hemos de mantener a Karen ocupada, eso es lo primero, no debe ver en ningún momento a Axel. Y luego hemos de conseguir que poco a poco se olvide de él.
Edgar pensó en Karen. Por un momento se sintió culpable. Ella lo está pasando mal. Hace unos días había pasado por su casa y se la había encontrado tirada en el suelo en llantos, y lo primero que había pensado era que los tiempos oscuros habían vuelto.
Y no se había equivocado.
Lleva días encerrada en casa por lo de su padre. Él tampoco se lo esperaba. Y él en vez de estar con ella, está allí, con Henrik, el hombre que le ha hecho la vida imposible a Karen.
-¿Sabes qué? Me voy. Tengo cosas que hacer. Tu plan me parece estúpido e imposible. Y no te necesito para llevarlo a cabo, porque Karen no te puede ni ver, y todo el trabajo lo tendría que hacer yo.
Edgar retrocede para darse la vuelta. Puede ver y sentir el cabreo de Henrik.
-¡Y yo voy por delante! - le grita mientras se aleja.
Karen no necesitaba alguien que la separase de Axel. Necesitaba un brazo en el que apoyarse y llorar. Ese era su misión como su amigo. Ese era el puente hacia la victoria. Sabe bien que Karen no es tan imposible como siempre lo había imaginado. No desde que la besó y supo que había un resquicio de puerta abierta para él, para su corazón.
Camino suspirando hacia la casa de Karen. Ahora trabajaba más que antes. Quizás es porque están en los meses en los que más turistas vienen. De todas, formas, no tenía casi tiempo para ir a junto Karen, y sabe que ella lo necesita.
El cielo parecía un trapo viejo: se extendía una enorme nube oscura que lo cubría absolutamente todo, con agujeros por todos lados donde se asomaba un rayo de sol.
Por el camino, como siempre, pasó por la librería de Axel. Como una costumbre que no puede evitar, se para unos segundos para verlo trabajar. Axel no estaba allí, o por lo menos no lo veía. Frunció los hombros y continuó caminando.
No tardó mucho más en llegar a casa de Karen. La puerta del piso estaba cerrada así que se obligó a pitar en el timbre. Justo cuando le iba a dar al botón un señor le abre la puerta justo a tiempo.
Edgar sonrió agradecido y dejó pasar al hombre mayor. Entró deprisa y subió las escaleras con ansias de ver a Karen, de sacarle una sonrisa.
Cuando llegó a su puerta se paró y tocó varias veces a la espera de que su madre le abriera y le dejara pasar.
Victoria no tardó en abrir. Esta le sonrió tímidamente.
-Edgar, qué sorpresa. Karen ya tiene visita…
Edgar se quedó petrificado cuando de pronto vio a Axel salir de la cocina con dos vasos de agua en la mano, a lo que al parecer era la habitación de Karen.
Axel se lo quedó mirando con curiosidad. Y así se quedaron durante un rato, mirándose, leyéndose en la mirada.
Como un mensaje indescifrable más que para ellos solos, ambos entrecerraron los ojos entendiendo, amenazantes.
-Ya veo, disculpe las molestias, quizás vaya a visitar a Karen en otro momento… - dijo sin quitar la mirada en Axel, que ya se había girado y entrado en la habitación de Karen con los dos vasos.
Edgar se dio la vuelta. Quizás si tendría que hacerle caso a la idea de Henrik.
Axel entró en la habitación donde la esperaba Karen. Estaba pensativo. Aquel chico lo había visto antes. En realidad, sabía dónde lo había visto. Hasta ahora no se había dado cuenta. No sólo lo había visto aquel día en la librería con Karen. Lo veía todos los días pasar por delante de la librería y mirar de paso hacía el mostrador.
Solo que no lo había reconocido.
-¿Axel? - preguntó Karen confusa, mirándolo allí, de pie, en otro mundo.
-Ah sí… perdona… - Axel sonrió y se sentó en el borde de la cama, y le pasó a Karen un vaso. Esta le respondió con una sonrisa.




Edgar estaba furioso, pero que muy furioso.
El trabajo, el padre de Karen, incluso Henrik. Nada había conseguido hacer olvidar un poco a Karen a Axel, y había comprobado que las cosas se habían salido de su rumbo.
Axel ya no era el chico mono de la librería que tenía loca a Karen, aquel chico a distancia del que oía hablar con ansias a su mejor amiga. Axel se había convertido en su amigo, por encima de todo lo sucedido. Y las opciones contra él volvían a situarse a cero. ¿Qué iba a hacer ahora? Si antes era difícil hacer que Karen lo olvidase, ahora lo iba a ser más aún. Ahora había un lazo de amistad entre los dos, y algo muy grave tendría que pasar para que Karen se alejase de él.
Le dio una patada fuerte a una lata que había en el suelo y se paró mirando como la lata desaparecía por unas escaleras a lo lejos.
¿Cómo había pasado aquello? ¿Cómo se habían acercado tanto como para poder encontrar a Axel en casa de Karen consolándola? Porque si no… ¿Qué iba a hacer él allí?
Se llevó la mano a la cabeza confuso. En ocasiones como aquella perdía toda la seguridad en sí mismo, si es que había tenido alguna.
Quizás la idea de Henrik no era tan mala. Quizás entre los dos podrían lograr algo, y así, le sería mucho más fácil conseguir el amor de Karen contra él. ¿Pero hacía bien aliándose contra su enemigo y el enemigo de Karen?
Y lo peor de todo, ¿Qué iba a hacer Karen si se enteraba?
Continuó caminando hasta perderse en el atardecer de Copenhagen, pensativo.

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Vie Abr 05, 2013 1:11 pm

CAPÍTULO 10




-Venga, tienes que salir un poco, no debes quedarte aquí encerrada - le suplicó Victoria a Karen.
-Pero no quiero salir. No me apetece - respondió Karen mientras abrazaba sus piernas para guardar un poco el calor.
Su madre la miró apenada. Las nubes negras del exterior amenazaban con descargar una buena tormenta sobre Copenhagen, pero a su madre tanto le daba el tiempo. Ella sólo quería ver a su hija bien.
El timbre de la puerta sonó y ella se vio obligada a dejar a su hija sola para abrir la puerta. Karen escondió la cabeza en sus brazos deseando que fuera una visita agradable. Pero sus esperanzas se vieron rotas al oír la voz de Henrik en el recibidor.
-Siento no haber venido antes, aún me he enterado hoy mismo, ¿Qué tal estás? - preguntó con su voz de fingida preocupación - ¿Y Karen?
Deseó no estar allí. Una vez más se encontraba entre Henrik y salir. Y ninguna de las dos le causaba grande emoción.
Su teléfono comenzó a sonar, sacándola de sus pensamientos. Alargó el brazo para cogerla, y observó el número desconocido que salía en su pantalla. ¿Quién sería?
-¿Sí? - preguntó con curiosidad.
-¡Hola Karen! Soy yo, Axel. Sé que no hace el día pero te apetece venir a darme compañía en la librería y luego dar un paseo, así sales un poco de casa.
Karen se quedó un rato en silencio. Ese chico cada día la sorprendía más.
-¿Cómo conseguiste mi número? - Fue lo único que pudo responder.
-Me lo dio tu madre, ¿Y bien?
-Claro, voy para allí ahora - Karen sonrió al otro lado de la línea. La excusa perfecta para irse de aquella casa antes de que Henrik irrumpiera en su habitación con la excusa de que está muy preocupada por ella porque su madre está también preocupada.
Con rapidez, se levantó de la cama y se vistió para salir. Era la primera vez en días que iba a volver a pisar la calle. Y en cierto modo, eso le alegró.
Salió corriendo de su habitación y por el camino se encontró con Victoria y Henrik caminando hacia su habitación. Nada más verla aparecer, Henrik la miró como si se le hubiera saciado una sed interior que provocó más ansias a Karen de irse.
-Mamá, he decidido salir.
-¿Así? ¿Tan de repente? ¿Y ese cambio de idea?
-Es que quedé con… - Karen miró de reojo a Henrik -, amigo.
Henrik automáticamente pensó en Edgar. La furia le recorrió todo el cuerpo. ¿Cómo se atrevía? Ese no era el trato, no se estaban ayudando mutuamente, sino todo lo contrario, seguían ambos luchando por Karen indiferentemente el uno del otro. Tuvo muchísimas ganas de pegarle.
-¿Estás bien? - Le preguntó Victoria.
-¿Qué? Sí, sí…
Victoria aprovechando que no estaba su hija, se acercó a Henrik mimosa.
-Necesito un poco de cariño. Estos últimos días han sido horribles.
Henrik no podía decirle que no, se arriesgaba la distancia que podría haber entre Karen y él, y si perdía el contacto con su madre se podría olvidar de poder acercarse a Karen.
Por lo que, aunque no quiso, se entregó a su madre.
Karen, mientras, bajó las escaleras corriendo. No quería arriesgarse a que Henrik, con su locura amorosa, le diera por seguirla piso abajo.
En esto, en medio de la carrera, tuvo un traspié poco antes de llegar a los últimos escalones y se precipitó contra el suelo. A tiempo de que se diera un buen golpe, un cuerpo frenó su caída.
Karen gritó mientras se agarraba con fuerza a aquella figura que parecía ser masculina. Ambos perdieron el equilibrio y el hombre cayó al suelo de espaldas con el peso de Karen encima.
El fuerte golpe los dejó a ambos con la respiración dificultosa.
-¿Estás bien? - preguntó la voz masculina, que Karen reconoció al instante.
Abrió los ojos aún con el corazón acelerado del susto, y se encontró rostro con rostro con Edgar.
-No te había visto, lo siento…
-Menos mal que estuve yo para que no te rompieras los morros - dijo Edgar con una sonrisa dulce en la cara.
Sus rostros estaban demasiado cerca. Edgar tenía bien asida a Karen de la cintura y aún no la había soltado. Y Karen no se había dado cuenta de que aún no se había intentado levantarse.
Karen, sin saber por qué, sintió un escalofrío en todo el cuerpo al darse cuenta de que estaban totalmente pegados el uno del otro. Sus rostros estaban muy cercas. Pero no era capaz de moverse, y no sabía por qué.
Edgar de pronto vio la ocasión perfecta. Se levantó rápidamente obligando a Karen a sentarse sobre él en el repentino movimiento, y acercó su rostro al de ella para poder intentarlo una vez más, poder sentir que esa puerta para él se abría más.
-Edgar… - la oyó decir cuando casi iba a unir sus labios con los de ella.
La forma en que pronunció su nombre lo frenó por completo. No podía obligarla si no quería. Por mucho que quisiera besarla, sentir que hay un trozo de su corazón que lo ama y que tiene que liberar a la fuerza, no podía hacer eso. Era incapaz.
Suspiró a más de medio camino, aún con el corazón palpitándole con fuerza, y con la decepción palpitando con él.
-Lo siento.
Karen tenía la cabeza gacha, roja como un tomate. Esa estampa a Edgar le hizo mucha gracia, por lo que se echó a reír. Entre risas la ayudó a levantarse. Karen estaba tan cohibida que no se atrevía a alzar la mirada, y se mantenía tiesa y con la mirada gacha.
Edgar no lo podía notar, pero el corazón de Karen iba a mil por hora. Había empezado a acelerarse cuando su cuerpo estaba totalmente pegado al de Edgar. Pero su reacción no se la esperaba, y había logrado conseguir decir algo que lo frenase. Y le comenzaba a doler la cabeza.
-No importa - dijo ella, atreviéndose a alzar la cabeza.
-¿A dónde ibas tan deprisa? ¿Sales? Iba ahora a darte una visita.
-Yo… arriba está Henrik.
Edgar sintió una punzada de furia. ¿Qué hacía Henrik ahí arriba? Se supone que la parte más importante del trato era él. ¿Por qué se había entrometido en aquello?
-¿Huías? No me extraña. Te acompaño - dijo con una sonrisa.
-Yo… - Karen sintió un fuerte dolor en el pecho. ¿Y ahora qué le diría? -, quedé con alguien.
Edgar la miró de hito en hito. ¿Con alguien? ¿Con quién había quedado? Sabía de antelación que con una amiga era imposible.
-¿Con alguien? - ¿Y si había quedado con Axel? -, ¿Con Axel?
Nada más ver la mirada culpable de Karen supo que había acertado. Aquello le dolió en lo más profundo.
-Lo siento…
-No tienes que disculparte - dijo con una sonrisa -, me alegro de que te estés recuperando de lo de tu padre. - Y dio media vuelta para irse.
-¡Edgar! - Sintió la mano de Karen asiéndole del brazo, y en un abrir de cerrar de ojos ella se había abrazado a él.
-Gracias. Muchas gracias por todo Edgar. Eres muy importante para mí y para mi vida, quiero que lo tengas muy claro - sintió como su abrazó se apretaba en torno a él.
No pudo evitarlo y sonrió dulcemente, devolviéndole el abrazo.
-Ya lo sé pequeña, ya lo sé. - Ambos se separaron, y Edgard, con rapidez, le dio un beso lento en la mejilla -, pásalo bien - y salió a la calle perdiéndose entre la gente.
Karen lo observó marchar confusa de nuevo, llevándose la mano a la mejilla y sintiendo que se ponía otra vez colorada. ¿Por qué? Agitó la cabeza y salió ella también en dirección a su destino principal, la librería.




-¡Karen! Al fin llegas.
Axel la esperaba sonriente en el mostrador. Nada más verle todo lo antes sucedido se desvaneció de su mente. Respiró profundamente después de la carrera para llegar rápido.
-Siento haber tardado, tuve unos percances - y se echó a reír mientras caminaba hacia el mostrador - ¿Las chicas tampoco están hoy?
-No - Axel puso los ojos en blanco -, últimamente se les da por abandonarme. ¿Viste que responsables que son?
Karen se apoyó sobre el mostrador sonriente mirando toda la zona de las cajas registradoras.
-Entonces vuelves a estar solo.
-Sí, más o menos - se echó a reír. Estoy esperando impaciente a que vuelvan para poder irme yo.
-¿Irte? ¿Tan pronto? ¿Y eso? - Karen lo miró extrañada.
-Nada, es que he quedado.
Karen frunció el ceño.
-He quedado con una chica que necesita un payaso para alegrarle el día.
Karen hizo un amago de risa contenta. Le encantaba ese chico.
-¿Y quién será esa? - preguntó mirando hacia arriba pensativa.
-Ahhh… - dijo Axel dejando la respuesta en el aire y tirándole una especie de trapo a la cara.
Karen se hizo la indignada.
-¿Cómo te atreves? ¡Mandaré que te corten la cabeza!
Axel no lo pudo evitar y se echó a reír a carcajadas.
En esto que entran las chicas de la librería.
-¡Hola hola! ¡Hemos vuelto! - dijeron cantarinas.
-Al fin - exclamó Axel -, pensé que no llegabais nunca.
Marianne puso los ojos en blanco.
-Venga Don vago, ya eres libre.
Axel levantó el puño gritando ¡yupi! Esto provocó que Karen sonriera.
-¿Vamos? - le dijo Axel saliendo del mostrador con rapidez.
-Sí - Karen soltó en carcajadas - ¿A dónde vamos?
-Ya lo verás.
Karen lo siguió con rapidez. Se le veía contento, ¿Por qué no seguirle el ejemplo? Sonrió y se puso a su lado.
-¿Sabes? Me salvaste la vida.
-¿Yo? ¿Y eso?
-Segundos antes de que llamaras había aparecido Henrik por la puerta.
-El… señor viejo - lo dijo dudando por si se equivocaba de persona.
-Sí.
Axel se echó a reír.
-Ya me debes una, que lo sepas - y le guiñó un ojo.
-¿Debería tener miedo? - preguntó suspicaz.
Axel sonrió picaronamente.
-Puede.




Henrik se sentía extraño. Le costaba concentrarse y Victoria le había llamado la atención varias veces diciendo que estaba distraído. Pero no paraba de replantearse la misma pregunta. ¿Era correcto que amando a Karen, acostarse con su madre?
De pronto comenzaba a comprender todas las razones por las que Karen lo odiaba. ¿Y si el hecho de que se acostaba con su madre era una de ellas? Pero si cortaba el lazo con su madre…
-Henrik… ¿En qué estás pensando? - le volvió a replicar Victoria.
Para su desgracia, su método necesitaba un cambio. O directamente un cambio nuevo. ¿Qué iba a hacer? Por primera vez se dio cuenta de que estaba perdiendo totalmente a Karen, o ya la tenía casi perdida. Y Edgar le llevaba un paso adelantado. Ese maldito Edgar…
-¡Henrik! - exclamó Victoria enfadada.
-Yo… lo siento. No puedo - fue lo único que se le ocurrió decir. Se abrochó la camisa y dio media vuelta para salir de casa de Karen, dejando a su madre confusa. Necesitaba encontrar a Karen. Ya no podía perder más tiempo en tonterías. De los tres, es el que menos opciones tiene, y eso debe cambiar.
¿Pero donde podría encontrar a Karen? Si estaba con Edgar posiblemente significaba que hoy libraba, entonces ¿Cómo sabría dónde puede estar? Casi era una tarea imposible.
Caminó sin un rumbo fijo. En un momento decidió pasarse por la cafetería de Edgar, y de paso pasarse por la librería. En la librería no vio a Axel, así que siguió adelante. Poco después llegó a la cafetería y se quedó en la entrada buscando a Edgar entre el gentío. Tampoco lo encontró.
-¿Dónde se habrá metido todo el mundo? - se preguntó en voz alta mientras daba media vuelta.
En ese justo momento se chocó con alguien.
-¡Eh! ¡Mira por donde caminas torpe! - le gritó al aire. Cuando alzó la vista se encontró con la sombra alta de Edgar mirándolo con los ojos entrecerrados - ¡Tú! - masculló, y luego miró hacia los lados en busca de Karen -, te estuve buscando, ¿Dónde está Karen?
-Karen no está conmigo.
-¿Cómo que no? Dijo que había quedado contigo.
-¿Conmigo? ¿De verdad dijo que había quedado conmigo? - Edgar lo miró con cara extrañada.
-Dijo que había quedado con un amigo. Y ese amigo tenías que ser tú por al fuerza.
Edgar se entristeció. Ese amigo no era él, por supuesto que no. Recordó el incidente de las escaleras, el cuerpo de Karen sobre él, ese momento en el que casi sus labios se vuelven a unir, pero que quedaron a medio camino con solo su nombre susurrado. Al final había optado por un beso en la mejilla, que ya era algo.
-Pues ya ves que no soy yo, zopenco. Deja a Karen en paz, ella puede quedar con quien quiera - la defendió mientras continuaba caminando.
-Está con él ¿Verdad? Con ese idiota. ¡No hiciste nada por evitarlo!
-Soy su amigo. No estoy en derecho de decirle que no a quedar con la persona que quiere, ¿entiendes? Por eso mismo no queda contigo.
Henrik estuvo a punto de abalanzarse sobre él para darle un puñetazo, pero sabía que esa no era la forma de atraer a Karen, por lo que se aguantó las ganas.
-¿Dónde están? - preguntó, calmándose.
-No lo sé ni me importa. Henrik, te aconsejo que sigas con tu vida, o lo que te quede de ella.
Así, pensó Henrik, era muy complicado tranquilizarle. Dejó de seguir a Edgar y dio media vuelta enfadado. Si no podía hacer que Karen se olvidase de Axel, haría que Axel se olvidase de Karen.

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Dom Abr 07, 2013 11:11 am

Geniaal! Por fin me puse al tanto xD.
Está muy bueno, linda. Espero que lo sigas :3.
¡Saludos!

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Dom Abr 07, 2013 12:08 pm

CAPÍTULO 11




-¿Al Tívoli? ¿En serio? - exclamó Karen sin llegar a creérselo.
-Sí. Tienes que alegrarte el día sea como sea, así que hay que apostar fuerte.
Karen quiso decirle que las cosas habían comenzado a tener color en cuanto él hubo aparecido en su habitación hace dos días. Pero se cayó y miró al suelo con una sonrisa en la cara. Seguía sin poder creerse este cambio repentino de suerte. Sin duda aquel verano estaba siendo distinto, y la prueba se hallaba caminando a su lado.
Karen y Axel se pasaron el día caminando y caminando. Antes de montar en alguna atracción, se tomaron unos helados y se sentaron en un banco mirando cómo las distintas personas intentaban explotar unos globos con unos dardos. Cuando terminaron los helados, Axel la retó a intentarlo, y ambos se pusieron a jugar en aquel puesto. Karen no logró dar ni una, Axel, sin embargo, acertó todas, y como premio recibió un enorme peluche que se lo regaló a Karen, que lo aceptó agradecida.
Durante el resto de la tarde, visitaron distintos puestos y atracciones, riéndose, divirtiéndose. Karen era feliz. Estaba con Axel, no podía pedir más.
-Que vistas tan preciosas… - exclamó Karen apoyada en el borde del habitáculo de la noria.
Ambos habían decidido dejarla de última antes de volver a sus respectivas casas. Ya quedaba menos para que se hiciera de noche, y el cielo cada vez amenazaba más con descargar una lluvia.
-¿A que sí? - respondió Axel, a su lado, también mirando las vistas.
-Me lo he pasado bien - le dijo Karen, sonriente.
-¿Sí? Entonces Axel ha cumplido, Axel ha vencido. Axel está feliz - y sonrió como un gatito.
Karen quiso echarse a reír.
-Dios, qué vértigo.
Habían llegado a la cima de la noria, y esta se había parado allí. Ambos observaron como la luz poco a poco se desvanecía dejando paso a la noche.
-¿Tu madre me dirá algo si llegas tarde? - preguntó Axel.
Karen negó con la cabeza.
-No te preocupes, mi madre es muy dejada para esas cosas. O lo era. Ya no lo sé - su rostro se volvió a entristecer -, oye Axel, ¿Cuántos años tienes?
-Dieciocho, dentro de menos de un mes cumpliré diecinueve - y sonrió ante esta perspectiva.
-¿Dentro de menos de un mes? ¡Qué pronto es!
-Exactamente quedan trece días - contó emocionado -, Ya me puedes preparar una fiesta de cumpleaños ¿no? - le dijo guiñándole un ojo.
La noria comenzó a moverse de nuevo.
-Seguro que ya tendrás quien te prepare tu fiesta de cumpleaños - respondió toda sonriente.
-Cierto. Tengo quien me la prepare. Quizás la conoces, se llama Karen.
Ambos se echaron a reír.
-¿Me pagarás? - le dijo torciendo la boca astuta.
-Bueno, depende de cómo te salga la fiesta, ya veré si te pago o no.
La noria se volvió a parar y un hombre abrió la puerta para que pudieran salir.
-¿Nos vamos ya a casa? - preguntó Axel estirándose.
Karen asintió feliz.
Cuando el taxi llegó a la ciudad, ambos se bajaron en frente de la casa de Karen.
-Me ha encantado, en serio. Me lo he pasado muy bien - dijo sonriente.
Axel se inclinó haciendo una reverencia.
-La tarea de un servidor - dijo de forma educada, lo que provocó que Karen se echara a reír.
-Eres muy teatrero ¿sabes?
-Sí, lo sé. Es mi especialidad - Axel dio unos pasos atrás para alejarse -, mañana ya puedes pasarte a comprarte un libro eh, que estamos en crisis - y le guiñó un ojo -, y espero que empieces a crearme esa fiesta de cumpleaños, ¡Cuento contigo!
Karen sonrió dulcemente.
-Puedes contar conmigo. Mañana me daré un paseo por allí. Hasta mañana entonces - se despidió.
Después de que Axel moviera los brazos teatralmente despidiéndose de Karen, terminó desapareciendo calle abajo, dejando a Karen sonriente en la entrada de su piso.




Henrik se levantó ese día con ganas de hacer algo productivo. Se levantó totalmente despierto, aunque no había pasado una buena noche. En el contestador tenía aproximadamente siete llamadas preocupadas de Victoria, pidiéndole explicaciones entre otras cuestiones. En cierta manera se sintió culpable porque ella estaba pasando un mal momento con la reaparición de lo que era su difunto marido.
Pero él no estaba muerto, por lo que ella seguía casada, y de pronto la idea le echaba para atrás.
Se vistió preparado para salir a la calle. Quería ir a darle una visita a Axel para comenzar su plan. ¿Sería capaz? Axel posiblemente lo odiaba por haberle pegado, y era un chico muy astuto. Tendría que andarse con pies de plomo.
Después de bajar a la calle, no tardó mucho en llegar a la librería. Primero se asomó para asegurarse de que Karen no estaba allí. Sólo vio a Axel delante de unas estanterías, y este estaba solo. Era perfecto.
Carraspeó y entró con el cuerpo lo más relajado que pudo. Axel no tardó en alzar la mirada para ver quién era y quedarse quieto observándolo entrar.
-¿Tú otra vez aquí? Voy a comenzar a pensar que me acosas.
Henrik hizo caso omiso a lo que dijo.
-Venía solo a darte una visita. Te echaba de menos.
Axel dio un paso atrás.
-Lo siento, no me van los tíos.
Henrik suspiró.
-¿Por qué te llevas de pronto con Karen? - fue a saco. Como siempre, terminó arrepintiéndose. Eso de improvisar sobre la marcha se le daba realmente mal. Tenía que dejar de hacerlo.
-Me cae bien. ¿Tienes algún problema? ¿O es que estás celoso?
Henrik notó un tic en la ceja.
-Yo de ti no me haría su amigo, el otro día le oí hablando con ese amigo suyo, Edgar, que eras un pesado desde que apareciste en su casa.
-Sí. ¿Y qué más? - dijo colocando un libro en una estantería en medio de la risa.
-No sé si sabes que esos dos están saliendo.
Axel por un momento giró la cabeza para mirarlo. A la mente le había venido la visión de aquel chico en la puerta de su casa, mirándolo retador. Sin duda, dudaba mucho lo que Henrik acaba de decir.
-¿Y bien? - pregunto Henrik impaciente de que aquello hubiese surtido efecto. Sabía que habían sido unos argumentos muy pobres, pero era una forma de empezar con su plan.
-¿Y bien? - repitió Axel confuso por la pregunta -, ya te puedes ir, ya estoy mazo arrepentido de quedar con Karen y blah blah blah - Henrik sintió que se enfurecía. Que no le creyese era una cosa, que le tomara el pelo era otra muy distinta -, por cierto - añadió Axel -, de momento, vas perdiendo en tu precioso juego.
Henrik abrió mucho los ojos. El juego. De ambos. Axel bien sabía a qué estaban jugando. Ahora lo comprendía todo. Su misión de apartarlo de Karen iba a ser más difícil de lo esperado.
Sintió que volvía a enfurecer. Quizás si le amenazaba por la fuerza que se apartara de Karen lograría su propósito.
-¡Estúpido! - gritó.
Axel se giró alertado por el grito, y vio que Henrik iba a volver a pegarle. Dio por instinto un paso atrás asustado, no quería volver a recibir un golpe, y no le gustaban las peleas. Henrik le agarró primero del cuello del jersey.
Justo cuando Henrik está a punto de descargar su segundo golpe sobre Axel, se escucha una voz furiosa gritando, y de pronto Henrik siente un peso en el brazo con el que iba a pegarle. Fue tal la furia que forcejeó entre ambas personas.
-¡Ni te atrevas! - gritó quién parecía ser Karen. Henrik en un principio no se dio cuenta, y en un intento de desasirse de ella, le dio un fuerte golpe tirándola al suelo.
Axel pareció enloquecer y consiguió soltarse de Henrik. Que le pegara a él podría soportarlo, pero no le iba a permitir que tocase ni un pelo a Karen.
Con esto, Axel, de forma imprevista, levanta el puño y lo suelta con rapidez sobre la nariz de Henrik, que cae al suelo en medio de gritos de dolor.
Con rapidez se agachó sobre Karen.
-¡Karen! ¿Estás bien? - se preocupó. ¿Y si le había hecho mucho daño?
Karen se quitó las manos de la cara medio atontada.
-Sí, sí, estoy bien, tranquilo. ¿Estás tú bien? ¿Te ha pegado? - dijo de pronto preocupada, lo que provocó una sonrisa en Axel.
-No, no me ha pegado porque tú interviniste. Muchas gracias - le dijo sonriente y ayudándola a levantarse.
Henrik también se levantó. Karen de pronto sintió miedo. Ese hombre estaba muy loco, y una prueba era que sin más iba a volver a pegarle a Axel, y no podía permitirlo. Consiguió llegar a tiempo.
Axel también tuvo miedo, pero antes que él era Karen, así que la abrazó para protegerla de un posible ataque de Henrik.
-Vete de aquí ya. Antes de que llame a la policía.
Henrik, pestañeando de dolor, y sin decir nada, se dio media vuelta, maldiciendo porque todo le había salido mal.




Edgar se sentía solo y triste. Las cosas no habían salido en nada como había planeado. Y deseaba que todo volviese a ser como antes. Antes Axel era el amor platónico de su mejor amiga lejano. Henrik no existía en su camino. No había nada que empujara a Karen a cambiar las cosas.
Pero se habían terminado por cambiar.
Ahora cada vez veía menos a Karen. Trabajaba más, y a veces se quedaba de pie esperando a que apareciera por la puerta como solía hacer para darle una visita. Pero ya no lo visitaba. Apenas estaba en casa. Nunca cogía sus llamadas porque siempre estaba ocupada.
Con Axel. Él era el culpable. Quedaba seguido con él, por eso ya no tenía tiempo para su mejor amigo, quién le había declarado hace semanas que la amaba desde siempre.
Habían pasado tantas cosas… pensó Edgar. Lo de Anne, lo del idiota de Anders, que casi abusa de ella si él y, aunque le costaba admitirlo, Henrik, no hubieran estado allí, podría haber pasado algo muy grave.
Y por último la reaparición del padre de Karen. Tendría que haber sido él quien hubiese intentado hacer olvidar las penas a Karen. Haberlo hecho hubiese jugado en su favor.
Pero Axel se le adelantó y como jugaba con ventaja, se ganó la felicidad de Karen.
Había perdido contra Axel. Lo supo el día en el que Karen y él chocaron en las escaleras, y luego le dijo que había quedado con él. Ese día supo que la batalla había finalizado y él no iba a ser el ganador al menos que Axel decidiese retirarse. Y había perdido una amiga.
Hace días que no sabía nada de Karen. La echaba de menos.
Pero ya no podía hacer nada.
Ella estaba en brazos de otro hombre, la correspondiese o no.

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Lun Abr 08, 2013 10:31 am

:ilove:

CAPÍTULO 12




Karen abrazó la almohada mientras sentía la luminosidad entrar por la persiana de su habitación. Era un nuevo día.
Suspiró y sonrió feliz. Últimamente dedicaba los días a ayudar a Axel en la librería, y cuando no lo ayudaba, salía con él de paseo. ¿Podría imaginarse todo esto? Era más que un sueño cumplido.
Desde que sucedió lo de Henrik cada vez son mejores amigos. Aún podía recordar la angustia de imaginarse que Henrik le volvía a pegar, y la sensación de los fuertes brazos de Axel rodeándola para protegerla de un posible ataque de Henrik. Nunca había estado tan cerca de él, salvo cuando se desmayó al ver a su padre.
El tema de su padre también había desaparecido por completo, ya nadie se acordaba de él, había vuelto a desaparecer, y habíamos aprendido a no echarlo en falta. Sin embargo, su madre estaba triste. Karen al principio no supe el por qué, pero luego se dio cuenta de que llevaba así desde que Henrik vino a dar una visita y ella se fue con Axel al parque de atracciones. Posiblemente hubiese pasado algo entre ellos dos, ¿Qué podría haber sido? Karen temía que le hubiese contado algo, pero ya lo sabría si así fuese.
Poco a poco se desperezó y se levantó intentando adaptarse a la luz solar. Quedaba menos para el cumpleaños de Axel, y durante aquellos días había planeado mil formas de hacerle una fiesta a Axel, una que mereciese por ser tan bueno con ella.
Habían pasado nueve días desde lo del parque de atracciones. Karen siempre se impresionaba contando los días. ¡Pasaban tan rápido! Al lado de Axel el tiempo era más suave, e iba despacio pero al mismo tiempo rápido. Ya quedaban cuatro días para su cumpleaños, y tenía ya una ligera idea de qué le iba a hacer.
Mientras se levantaba para vestirse, volvió a repasar sus ideas, como llevaba haciendo todas las mañanas.
Primero, junto a sus compañeras de la librería, harán una pequeña sorpresa con confeti y demás. Después, le darán el día libre y le vendará los ojos para llevarlo a una zona del Gran Parque que sólo ella conoce. Y a partir de ahí tiene previsto un paseo en el que intentará divertir todo lo posible a Axel.
No sabía si esto era suficiente como fiesta de cumpleaños, y temía que no le gustase a Axel y estropearle el día. Pero tenía fe.
Aquel día no habían quedado porque estaban muy ocupados en la librería, pero sí le había prometido que pasaría por allí a darle una visita. Y era lo que Karen tenía planeado hacer.
-Buenos días - dijo al salir de su habitación en dirección a la cocina, donde su madre estaba sentada tomándose un café, aún en bata.
-Buenos días - dijo secamente.
Karen se sintió triste. Su madre llevaba así días, y ella no podía ayudarla si era un tema que trataba sobre Henrik.
-Mamá, ¿te pasa algo?
-No hija, no me pasa nada, tranquila - como siempre, tenía la mirada perdida.
-¿Sabes? No te creo, llevas días así. Estoy preocupada, ¿Qué te pasa?
Su madre suspiró. Sintió que los papeles habían cambiado, cuando había sido su madre quién se había preocupado por ella anteriormente.
-No sé qué le pasa a Henrik - terminó respondiendo.
Karen había acertado en sus sospechas. La tristeza de su madre giraba en torno a Henrik.
-¿Qué ha pasado?
-No sé si ha perdido el interés por mí, pero ya no me hace caso, llevo días sin verlo, y el otro día estaba muy raro.
Karen no supo por un momento qué decirle.
-Quizás esté pasando un mal momento. Dale tiempo. Y si parece que no deja de estar raro, pues, hay más hombres en el mundo. No te entristezcas por uno, no quiero que estés así.
Su madre le sonrió y le dijo que la abrazara. Sin duda esta situación la tenía muy cariñosa. Ambas se abrazaron.




Edgar bajó las escaleras de su casa con parsimonia. Un día más de trabajo. Y no le apetecía en absoluto trabajar, estaba muy cansado.
En las escaleras se cruzó con varios vecinos a los que saludó mientras bajaba. En el exterior el tiempo estaba lucido, casi no había ningún nube en el cielo. Pronto Edgar supo que no iba a ser un buen día. El tiempo era determinante, si hacía sol, había campo libre para las desgracias, si hacía lluvia, estas huían.
Justo cuando salió a la calle, divisó a Karen. Se llevó una buena sorpresa, hacía mucho tiempo que no la veía.
-¡Karen! - dijo sonriendo. Pero no estaba feliz. La echaba de menos.
Karen alzó la cabeza. Estaba pensativa por la conversación que había tenido con su madre sobre Henrik. ¿Cómo se sentiría si algún día supiese que su Henrik estaba enamorado de su hija? Al alzar la mirada se encontró con Edgar saludándolo desde la entrada de su piso. Hacía mucho tiempo que no lo veía, que no hablaban, que no quedaban, y eso la entristeció.
Ni se había acordado de él en todo aquel tiempo. ¿Cómo se habría sentido él? Era el mejor amigo que tenía y el único que le quedaba, y sin embargo, se había olvidado de él. ¿Cómo podía hacer eso una amiga? Y más aún sabiendo que él…
-Hola Edgar. Cuánto tiempo - pronto se arrepintió de decir esto. Obviamente que había pasado mucho tiempo.
-Ya… ya nunca te pasas a darme una visita en la cafetería.
Otro dardo más. La conversación no había empezado bien. Hacía muchísimos días que ya ni la llamaba, suponiendo que le diría que estaba ocupada.
-Es que estoy ocupada - claro, pensó Edgar, ocupada quedando seguido con Axel. Karen sabía también que no había sido una buena respuesta.
-Con Axel ¿no? - Edgar no pudo evitarlo. Su rostro se volvió serio y triste. Pero es que estaba perdiendo a Karen. La estaba perdiendo a pasos agigantados.
Karen bajó la mirada culpable.
-Lo siento mucho Edgar.
-No hace falta que te perdones. Lo amas. Es normal que te parezca más importante que yo. Lo veo bien.
Algo en la forma en que lo dijo entristeció a Karen, y sintió ganas de llorar. Hacía tiempo que no se sentía tan mal. Edgar se arrepintió, como siempre que decía algo. La estaba cagando, lo último que Karen necesitaba era que alguien le culpase de sus actos.
-Perdóname, no quería dar a entender eso - intentó disculparse.
-No pasa nada. Tienes razón. He sido una mala amiga por dejarte de lado, hice mal.
Ambos miraron al suelo. ¿Es posible que les costara hablarse? ¿Cómo si todos aquellos años de amistad?
-Bueno. Tengo que ir a trabajar. - Terminó diciendo Edgar.
-Quizás me pase a darte una visita un día de estos - intentó arreglar Karen.
-Un día de estos… - repitió Edgar con un ligero tono de sorna -. Bueno, ya nos veremos. Hasta otro día - y esquivó a Karen para dirigirse a su trabajo. Sin duda el día no había empezado bien.




Pi-Pi
El despertador despertó a Karen alrededor de las nueve de la mañana. Nada más oírlo, Karen sonrió mientras se levantaba para apagarlo. Había estado días quedando y quedando con Axel, asumiendo datos para prepararle una fiesta de cumpleaños. Y ya había llegado el día.
Temía que su fiesta no fuera a gustarle. ¿Y si las había tenido mejores? ¿Y si la miraba y le decía que su fiesta había sido un asco? Karen cerró los ojos con fuerza esperando que no fuese así. Se levantó deprisa, Axel estaría en la librería en media hora, y ella debería estar allí antes de esa hora. Demonios. ¿Por qué no puso el despertador para antes?
Las prisas se cebaron con ella. Se alegró de haber preparado la ropa el día anterior, por lo que se vistió con rapidez, recogió sus cosas y salió. La madre no tuvo tiempo ni de preguntarle a dónde iba. Karen bajó con rapidez los pisos.
Durante los pasados días Axel y ella se fueron conociendo mucho mejor. Se contaban cosas, se hacían preguntas, de manera que era como si se conocieran de hace más tiempo, lo que en cierto modo tampoco era mentira.
Karen había comprendido más que nunca lo que quería a Axel. Era un buen chico, dulce, amable, cariñoso. Era perfecto. Perfecto para ella.
Se sacudió la cabeza para dejar de pensar esas cosas mientras salía al exterior. El cielo estaba negro, y se maldijo en sus adentros. Si llovía, se le estropearía la fiesta de cumpleaños, así que en silencio rezó para que no cayera ninguna gota de agua.
Con rapidez, caminó hacia la librería.
Lo tenía todo terriblemente planeado. Que algo saliera mal sería mala suerte. En cuanto llegase a la librería, ella y las compañeras de Axel lo esperarían para darle una sorpresa. Luego, ellas le darían el día libre, y darían un paseo antes de que Karen le tapase los ojos para su segunda sorpresa. No era una idea increíblemente buena, la sorpresa tampoco era algo inolvidable, por lo menos eso creía ella, pero estaba hecha con la mejor intención del mundo, y eso era lo que importaba.
Tardó diez minutos en llegar a la librería. Las persianas de los escaparates estaban aún puestas, y el interior estaba oscuro. Entre por la puerta entreabierta en el que colgaba un cartelito que decía: CERRADO.
-¿Marianne? ¿Susanne? - preguntó.
-Karen, estamos aquí.
Karen siguió las voces hasta llegar al mostrador. Aún a oscuras pudo distinguirlas. Estaban retocando los últimos preparativos. En el tejado había una pancarta que decía ¡Feliz cumpleaños Axel!, y había más decoraciones por la zona. Karen sintió cierta pena por hacerlas trabajar así, sobretodo porque luego ellas tendrían que recogerlo todo antes de abrir la tienda.
-¿Está todo listo? - preguntó.
-Sí. Axel debe estar al llegar. Toma. - dijo Susanne dándole a Karen un tubo de fiesta que al girarlo explotaba confeti.
A Karen le tembló la piel de excitación. Estaba deseando que llegase Axel, deseando encontrar en su rostro una sonrisa más que feliz.
-Sitúa la mano en el interruptor para encender las luces cuando entre, Marianne.
Marianne corrió a situarse al lado del interruptor. Ahora sólo quedaba esperar.
Axel no tardó mucho en llegar. Axel paró un momento delante de la entrada confuso al ver las luces apagadas y las persianas bajadas a esas horas. Con pasos recelosos se adentró en la librería.
Cuando estuvo a tres metros de nosotras, Marianne encendió el interruptor sobresaltándolo y las tres gritamos ¡Feliz Cumpleaños!
Justo en el momento en el que lo gritábamos, el cartel se descolgó y cayó, y el tubo no quiso explotar. Cuando todo se quedó en silencio, este soltó todo el confeti asustándolos a todos.
Karen quiso morir. Tenía que haber previsto que si algo podría salirle mal, saldría.
Las tres sonrieron nerviosas y Axel, que aún le latía el corazón a mil por no haberse esperado aquello, se echó a reír.
-Ay dios mío… ¡Es la mejor sorpresa que me han dado nunca! - dijo sin aire mientras soltaba tremenda carcajada.
Se acercó entre risas al mostrador y con una mano agarró la esquina del cartel que se soltara. Se quedó un rato en silencio observando el débil enganche del cartel, y después de rememorar todo el espectáculo volvió a echarse a reír.
Ante esta estampa, las tres se echaron a reír con él.
-Vaya… no pasó como esperaba que iba a pasar… - dijo Karen rascándose la cabeza.
-No pasa nada, ha estado genial, de película - respondió Axel aún saliendo del trance.
-Pues aún no ha acabado - dijo Karen sonriente. Tenía que conseguir que el resto del día no acabara igual.
Salió del mostrador y agarró del brazo a Axel empujándole hacia la salida.
-Pero… ¿Y la librería? -preguntó dubitativo.
-Tienes el día libre - respondió Susanne con una sonrisa.
Axel le devolvió la sonrisa y le dio las gracias.
-¿A dónde me llevas? - preguntó Axel cuando salieron de la librería.
-Ya lo verás, es una sorpresa.
-Mmm… Ya tengo ganas de llegar - dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
Ambos caminaron en silencio durante un buen tiempo. Pero no era un silencio incómodo. Karen pensó que en aquellos días las cosas habían estado muy tranquilas. ¿Qué había sido de Henrik? ¿Acaso se había rendido? Sintió pena por su madre. Henrik parece que había desaparecido, pero estaba segura de que seguía allí, planeando otra extraña idea.
-¿En qué piensas? - preguntó Axel, que había estado un rato observándola.
Karen volvió al mundo y sonrió.
-Nada. Sólo pensaba por qué Henrik está tan desaparecido.
-¿Lo echas de menos?
-¡No! - ambos se echaron a reír -, qué cosas dices.
-Era para hacerte reír, estabas demasiado seria, y no te quiero seria en mi cumpleaños.
Karen frunció los labios en una sonrisa.
-¿Sabes? Aún no te tiré de las orejas…
Y con esto se abalanzó sobre las orejas de Axel. Este se llevó las manos a la cabeza intentando impedir el ataque, y entre risas, los dos se enzarzaron en una pequeña pelea hasta que quedaron agotados.
-Mis orejas no se tocan - terminó diciendo Axel sin aire.
-Ya veo ya. Pero no te preocupes, ya encontraré algún momento del día en el que tirarte de las orejas.
Axel se llevó las manos a las orejas cauto. Karen se dio cuenta de que ya habían llegado a su destino, por lo que sacó un pañuelo que tenía guardado en el bolsillo.
-Toma, ya casi hemos llegado. Tengo que cubrirte los ojos con esto.
-¿En serio? ¿A dónde me llevas? - Axel puso cara teatral -, ¿Me quieres secuestrar? ¿Asesinar? ¿Tirar a un lago?
Karen se echó a reír.
-Vaya, has desmantelado mi plan, la de tirarte al agua. Pero como estás hecho toda una sirena seguro que no te ahogas - y le guiñó un ojo.
Suspirando, Axel se dejó vendar los ojos. Karen, para comprobar que no veía, hizo el amago de darle un puñetazo, al ver que no reaccionaba suspiró.
-¿Qué estás haciendo Karen? ¿No intentarás pegarme no? Mira que pegas fuerte…
Karen soltó una carcajada.
-Venga, camina.
Axel comenzó a caminar dando pequeños saltitos de emoción.
-¡Ah! Parece una película. Venga, camina - dijo imitando la voz de Karen. Karen volvió a echarse a reír - ¿falta mucho?
-Sólo hemos dado diez pasos. Si nuestro destino estuviese a diez pasos no te vendaba - dijo Karen con ironía.
La verdad es que no estaban muy lejos de su destino. Iba a llevarle a una zona del parque que poca gente conocía, y que esperaba que le gustase por su belleza. Era un lugar muy especial para ella. No lo había compartido con nadie, ni siquiera con Edgar.
Pensar en él la puso triste. ¿Qué había sido de su amistad? Hacía días que no se veían, que ella no lo iba a visitar a la cafetería como hacía siempre, o que él la visitase a ella. ¿Se habría roto su amistad? Karen no quería perderlo, aunque si lo hacía sería su culpa, porque era una mala amiga.
Por fin llegaron a su destino. Karen suspiró el aire fresco de la zona.
-Ya está, ya puedes quitarte la venda.
Axel hizo lo que le dijo y observó a su alrededor. Se quedó con la boca abierta. Aquello era precioso. Estaban en la orilla de un pequeño lago escondido del mundo. El suelo estaba lleno de flores y cubierto por un verde hierba precioso. La zona estaba protegida de miradas indiscretas debido a que estaba rodeado de árboles altos y grandes. La mayoría de los árboles eran cerezos.
La zona era bastante amplia para estar tan escondida del mundo. Si el cielo hubiera estado despejado y hubiese hecho calor, Axel sin duda se hubiera tirado al lago y nadar. Al fondo del lago había unas piedras redondas.
-¿Y bien? - Al ver que Axel no respondía Karen sintió miedo. ¿Y si ya lo conocía? ¿Y si no le gustaba?
-Karen, esto es precioso… - respondió al fin -, ¿Cómo lo descubriste?
Karen suspiró y se sentó sobre la hierba seca.
-No lo sé. De pequeña, una vez, huí de casa y me metí aquí accidentalmente. Desde aquella cada vez que me siento triste o deprimida, suelo venir aquí para relajarme. Aunque hacía tiempo que no venía.
-Pues es precioso. Me encanta. ¿Cuántas personas más conocen este lugar?
-Que yo sepa, tú y yo - y le sonrió -, quizás alguien más lo conozca, eso ya no lo sé.
Ambos se quedaron un buen rato quietos, observando el paisaje y suspirando. Estar así, en silencio en aquel lugar los relajó a ambos.
Karen miró al cielo y supo al instante que iba a llover en cualquier momento.
-¿Nos vamos ya? - preguntó sonriente.
-Venga - respondió Axel de la misma manera. A paso rápido, ambos salieron de allí. Axel se la quedó observando mientras caminaban. Había decidido compartir un lugar tan personal con él. Y eso lo puso feliz. Sonrió para sí.
Ambos llegaron a tiempo a un patio cubierto. Justo cuando entraron el cielo descargó sobre Copenhague una fuerte lluvia. Karen, automáticamente se entristeció.
-Me da que el cumpleaños no ha salido como planeaba. Primero la desastrosa sorpresa, y ahora se pone a llover de esta forma - dijo triste Karen.
Axel la miró, y, de pronto, decidió dar un paso hacía la lluvia. Cuando las gotas comenzaron a mojarle el pelo con fuerza, ya no había vuelta atrás. Dio unos pasos más y se giró. Karen lo miraba interrogativa.
-Venga, ¿Vienes o no? - preguntó Axel alargando la mano hacía ella.
-Pero si está lloviendo…
Axel dio una vuelta sonriente bajo la lluvia levantando los brazos.
-¡Sólo es lluvia! - exclamó con energía, sonriendo y alargando de nuevo la mano hacia Karen - ¡Venga! Hay que divertirse - dijo guiñándole un ojo.
Karen sonrió.
-Estás loco - exclamó. Dudó unos segundos, luego, decidió correr bajo la lluvia junto a él.
Axel al momento le agarró de la mano y tiró de ella hasta que ambos comenzaron a correr bajo la lluvia como dos niños pequeños que sólo quieren divertirse. Algunas personas los miraban a cubierto con curiosidad.
Continuaron corriendo y un rato después decidieron frenar un poco la carrera entre risas y casi sin aire. Entonces, del suelo surgieron multitud de chorros de agua. Se habían metido en medio de una fuente sin darse cuenta.
Karen abrió la boca y pegó un chillido. Si antes estaba mojada, ahora estaba empapada. Axel la miró y se echó a reír dejándose mojar por la fuente.
Karen, molesta, se abalanzó sobre él para intentar de nuevo tirarle de las orejas, pero Axel lo vio venir y le agarró de las muñecas. Entonces Karen resbaló y cayó de espaldas al suelo llevándose con ella a Axel. Ambos soltaron un grito ahogado y Axel acabó medio encima de Karen.
Ambos se miraron respirando con fuerza. Axel sonrió como si todo aquello le pareciera lo más divertido del mundo. El corazón de Karen iba a mil por hora. Podía sentir el peso de Axel sobre ella, sus piernas entrelazadas. ¿Por qué aún no se había levantado?
-¿Sabes? Después de pensármelo creo que ha sido uno de los mejores cumpleaños que he tenido nunca, por no decir el mejor - sonrió -, habrá que pagarte como prometí ¿no?
-¿Con qué?
La pregunta había sido apenas audible para los oídos de Karen. En el mismo momento en el que Karen se había preguntado con qué le iba a pagar, Axel, con una dulce sonrisa en la cara, coloca la mano en su mejilla casi acariciándola y suavemente se inclina sobre ella.
Primero fue un suave roce de labios que provocó que ambos cerraran los ojos. Luego, Axel sonrió de nuevo y presionó con fuerza sus labios con los de Karen.
Algo dentro del pecho de Karen explotó, algo precioso que hizo que cerrara los ojos con fuerza y alzara las manos para rozar su rostro y acercarlo más al de ella.
Y allí, en el suelo y bajo una lluvia veraniega, Karen vio cumplido su sueño.

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Lun Abr 15, 2013 1:13 pm

CAPÍTULO 13




Estornudo con fuerza y se llevó la mano a la cabeza dolorida. Como imaginó, acabaría enfermando por haber corrido bajo la lluvia con aquel frío que se ensañaba con Dinamarca casi todos los días. Le dolía la cabeza, no tenía modo de respirar más que hacerlo por la boca, y los ojos se le empapaban de lágrimas.
Pero ella estaba feliz. Recordaba con total precisión los cálidos labios de Axel sobre los suyos. Sabía a él con un toque de lluvia. La había besado con dulzura, con amor. Karen había sentido una especie de calambre por todo el cuerpo, y se sentía eléctrica. Allí perdió la cuenta de cuantas veces se besaron sin importarles la fuente, la lluvia, el frío. Sus cuerpos desprendían calor, la agradable sensación de besarse había sido suficiente para que estuvieran ardiendo. Karen pensó que podrían evaporar las frías gotas de lluvia.
Luego, Axel la acompañó a casa, ambos cogidos de la mano, sonrientes, muy juntos, con un brillo en los ojos, con el corazón a mil. Allí, en la entrada de su piso, volvieron a besarse muchas veces, hasta que con dificultad, ambos se separaron con una sonrisa en la cara, y se fueron a sus respectivas casas. Victoria le echó bronca por llegar así de mojada, pero Karen estaba feliz, y la sonrisa no se escapaba de su rostro.
Se llevó las manos a sus labios y volvió a sonreír. Hacía años que lo conocía de verse casualmente todos los veranos, pero ella jamás habría imaginado que pasaría lo de anoche. Sintió que sus mejillas enrojecían. Sentía unas terribles ganas de verlo, pero en aquel estado no podía. Suspiró.
Se parecían mucho, pensó mirando por la ventana, intentando matar el tiempo. Ambos tenían casi los mismos gustos, y una forma de ser muy parecida. A ambos les gustaba cambiar de look continuadamente. Quizás estaban hechos el uno para el otro, pero Karen no quería asegurar eso todavía. No quería llevarse un chasco.
Apoyó la cabeza en el cristal. En el exterior continuaba el diluvio, y Karen observó como las gotas hacían rápidas carreras por el cristal empañado por su respiración. El exterior se veía borroso, como en un sueño. A Karen nunca le gustó tanto la lluvia. La lluvia en Dinamarca era buena suerte para ella.




Se dejó caer en la cama de su habitación totalmente muerto. Hoy no iría a trabajar, no en aquel estado, con la nariz roja, fiebre y sensación de que se desmayaría en cualquier momento.
Pero mereció la pena el sacrificio.
Quiso gritar como una chica, desahogarse asustando todo el vecindario, pero sabía que no era una buena idea. Sonrió de oreja a oreja. Se sentía muy feliz. Por fin había conseguido lo que tanto ansiaba.
Se levantó llevándose las manos a la cara, que ardía debido al resfriado. Hacía años que conocía a Karen de vista. Pero hasta ahora no sabía si ella le conocía a él. Todos los veranos se encontraban casualmente en algún lugar de Dinamarca. El resto del año ella desaparecía. Siempre se habría preguntado el por qué, de dónde era, quién era. Aquellas extrañas coincidencias cada verano le habían llamado la atención, y pensaba en ella constantemente, mirándola a hurtadillas hasta que de vez en cuando cruzaban las miradas y el no podía evitar pensar que tenía que saber de su existencia.
Cuando le ofrecieron trabajar en la librería, él aceptó sin saber por qué. Sentía que si aceptaba aquel trabajo, pasaría algo especial. Y no se arrepentirá en la vida. Allí conoció por fin a Karen. Quizás de una forma inesperada, metiéndose en peligrosos juegos con Henrik, pero lo había logrado.
Había conseguido a la chica que lo volvía loco.
Aún sentía el cosquilleo en sus labios, la sensación de que las manos de Karen seguían en su rostro, acariciándolo con dulzura. Olía especial, sabía especial. Era especial. Pensó que se volvería loco si no dejaba de pensar en ella ni un solo momento, pero no podía luchar contra aquello. ¿Estaría ella como él?
Le hubiera gustado no haberse ido, haber seguido con ella, tenerla en brazos y abrazarla con fuerza. Dios, como la quería. Se sentía vacío si no estaba con ella. Aquello no le había pasado con ninguna otra chica.
Se levantó de la cama y se asomó por la ventana. En el exterior llovía con fuerza. Sonrió. Siempre le había gustado la lluvia, era el presagio de algo bueno.




-¡Camarero! - gritó un hombre al fondo.
Edgar se giró y se acercó a él con una libreta en la mano.
-¿Qué desea? - le dijo cordialmente.
Edgar anotó el pedido en la libreta, y se giró para volver al mostrador. No tenía ganas de trabajar. Sinceramente, no tenía ni ganas de vivir. Su cabeza volaba en dirección opuesta al mundo real, intentando evadirse de las cosas que sabía, por desgracia, que no eran como el tanto deseaba.
Llenó la taza de café y por poco este se le cae cuando lo dirige a la bandeja, donde reunió el resto del pedido. Intentó concentrarse para que las cosas no se le cayeran al suelo, y atendió la mesa.
Estaba deseando que terminase el verano. Había diferente razones para desearlo. Deseaba que la rutina se hiciese con el planeta Tierra y el número de los turistas bajase y así poderse tomar unas pequeñas vacaciones. La otra razón era que confiaba en que las cosas siguieran su destino, y, que al acabar el verano, Axel volviera a desaparecer de la vida de Karen.
Suspiró mientras se apoyaba en la barra aprovechando aquel respiro en el que ningún cliente pidió sus servicios. Ahora sería totalmente imposible que Axel desapareciese de la vida de Karen. Ya era demasiado tarde.
Se aguantó las ganas de llorar, porque así no solucionaba nada. Pero no llorando tampoco.
Nunca se había esperado que perdería a Karen de aquella forma tan brusca. Nunca se había imaginado en aquella situación. En aquel momento los recuerdos eran oro en su memoria, lo sabía muy bien. Lo que no sabía era si él y Karen volverían a verse, por eso se aferraba a los recuerdos de su sonrisa con fuerza, los momentos que pasaron juntos como amigos.
Pero era incapaz de mantenerlos en su cabeza, porque en lo único en lo que podía pensar era en la imagen de Axel y Karen bajo la lluvia, besándose.




Durante los dos días siguientes, tanto Axel como Karen se los pasaron en casa intentando recuperarse lo antes posible para poder volver a verse. Cuando Axel por fin se sintió mejor, no esperó nada a llamar a Karen para poder volver a oír su voz.
Karen abrió los ojos y miró la pantalla del móvil. Con nerviosismo, vio que era él, y abrió la tapa del móvil.
-Axel… - dijo con un tono demasiado agudo en la voz. Se la aclaró -, me alegró de oír tu voz.
Axel sonrió al otro lado de la línea.
-Yo me alegro mucho más. ¿Estuviste enferma? - preguntó.
-Sí… - dijo Karen apenada -, lo siento…
-No pasa nada, yo también lo estuve - ambos se echaron a reír -, ¿Quieres quedar?
-¡Pues claro! Dime dónde y ahí estaré.
-No te preocupes. Tú prepárate, te iré a buscar.
Karen puso carita traviesa y se mordió el labio. Estaba tan feliz.
-Está bien. Ahora mismo me preparo.
-Estaré en diez minutos ahí. Te quiero.
-Te quiero.
Ambos colgaron.
Karen sintió como su corazón volvió a acelerarse. Le había dicho te quiero. La quería. Se sintió como una niña tonta, pero no podía evitarlo. Se levantó a toda prisa y se puso unos vaqueros y una camiseta negra. Tan rápido como pudo se preparó y salió de su habitación.
-¿A dónde vas con tanta prisa? - le preguntó la madre curiosa.
-He quedado con alguien - dijo ella mientras cogía una manzana con rapidez, y la mordía.
-¿Con un chico? - preguntó con una sonrisa en los labios. Karen se atragantó -, me alegró de que conocieras un chico, ya me lo presentarás.
-La verdad es que ya lo conoces, mamá.
La madre abrió mucho los ojos.
-¿Ah, sí? ¿Quién es?
Hacía tiempo que Karen y su madre no se contaban cosas. El tiempo las había separado. Pero Karen se sentía feliz, y deseaba poder compartirlo con ella.
-Axel, el de la librería.
Victoria abrió la boca en modo de una sonrisa y le dio un golpe en el brazo.
-Pues venga, ve, corre, no le hagas esperar - le dijo mientras le guiñaba un ojo -, y no me hagas locuras.
Karen abrazó a su madre contenta, y tirando lo que le quedaba de la manzana a la basura, salió como una exhalación escaleras abajo. Una vez llegó allí, recordó que se había dejado el paraguas atrás. Se maldijo.
-¿Otra vez sin paraguas? - preguntó una voz a su espalda. Karen sonrió y se giró para ver a Axel -, menos mal que me dio por traer un paraguas de los grandes.
Karen se quiso echar a reír, pero no pudo. Axel ya se había acercado a ella y posado sus labios en los de ella. Ambos se dejaron llevar.
-Lo siento, necesitaba hacerlo - se excusó Axel sin respiración.
-No pasa nada - dijo ella con una sonrisa, mientras lo volvía a besar - ¿A dónde vamos? - preguntó mientras se colocaba bajo el paraguas de Axel.
-No sé, simplemente paseemos. Luego si quieres, podemos entrar en alguna cafetería.
De pronto Karen se acordó de su mejor amigo Edgar y se sintió muy culpable. ¿Hacía cuanto que no se veían? No se sabía nada el uno del otro. Menuda amiga estaba echa.
-¿Karen? ¿Me oyes? ¿Estás bien? - preguntó Axel asustado. Karen volvió al mundo.
-No, estoy bien - dijo con una sonrisa sincera. Continuaron caminando.
Así fue las siguientes semanas: todo muy idealizado entre ambos. No había ni un día en el que Karen y Axel no se viesen. Da igual donde quedasen, si en casa de Karen, en la librería, en el parque, con sol, con lluvia, eso tanto daba. Se pasaban los días juntos, disfrutando e todos aquellos veranos infructuosos en el que eran dos desconocidos que se amaban a distancia.
Igual que en las películas románticas.
El estar todo el día juntos había hecho que Karen se olvidase por completo de Edgar, que a veces pasaba por la librería y los veía a los dos juntos. A la parejita feliz. Y aquello le enfadaba con todas, con lo que guardaba las manos en sus bolsillos, se ponía la capucha, y pasaba de largo maldiciendo haberse enamorado de Karen. Maldiciendo la existencia de Axel.
Pero Axel y Karen vivían su propio mundo, olvidándose de todos los problemas, olvidándose de Edgar y de Henrik, del padre de Karen, de que el verano se estaba acabando…
-¿Qué buscas? - le preguntó Karen a Axel. Ambos estaban en la habitación de él. En el exterior llovía demasiado, y no querían volver a enfermar.
Hace cuatro semanas que ambos comenzaron a salir. Recordaban perfectamente aquel beso bajo la lluvia. Siempre que estaban separados se aferraban a ese recuerdo para sentirse el uno más cerca del otro. Su relación se había profundizado mucho. Karen no pensó que podría amarlo tanto, y viceversa. Pero lo hacían.
-Estaba buscando… - empezó a decir él mientras metía la cabeza dentro de una caja -, una cosa que te quería dar.
La habitación de Axel era bonita, pensó Karen la primera vez que había entrado allí. Las paredes eran de un tono anaranjado. Tenía una cama pequeña, un escritorio lleno de libros de estudio, un armario y dos estanterías. Sin duda le gustaba leer. Axel se quitó las gafas y las colocó en el suelo. Karen se acercó a él.
-Dime lo que quieres encontrar, anda, que te ayudo.
-No hace falta, en serio.
-Si con gafas no ves nada, ¿Cómo piensas ver sin ellas?
-Oye - se quejó él -, que no soy ciego, las gafas son solo para cuando leo libros.
Karen se echó a reír.
-Ya lo sé hombre.
Aunque Axel le dijo que no hacía falta, Karen se agachó y coló la cabeza dentro de la enorme caja junto él. Axel la miró de reojo.
-Tú nunca haces lo que los demás te dicen, ¿verdad? - preguntó vacilón. Karen negó con la cabeza sonriendo y mordiéndose el labio. En ese momento Axel no pudo evitar besarla. Le encantaba cuando se mordía el labio, porque le entraban a él ganas de morderle el labio.
-¿Sigues queriendo que no te ayude? - preguntó ella levantando una ceja, con el corazón a mil por hora.
-A esto no se le puede llamar ayuda, que digamos… - musitó él, y volvió a besarla con fervor.
Ambos se alejaron de la caja poco a poco. Karen rodeó el cuello de Axel para atraerlo más a ella y se dejaron llevar.
-¿Dónde decías que estaban tus padres? - preguntó Karen sin aire. No quería que entraran de repente y los viesen de aquel modo.
-De vacaciones, no te preocupes - dijo Axel en una sonrisa. Durante unos segundos, se quedaron mirándose los ojos, grabando cada detalle de la pupila del otro. Acercaron sus rostros y posaron las frentes. Axel acarició la mejilla de Karen provocando que esta cerrara los ojos. Se pasaban los días así, acariciándose de aquella manera, con dulzura.
Se volvieron a besar con ansia el uno del otro. Perdieron el equilibrio y cayeron al suelo. Se echaron a reír. Axel volvió a besarla, y las cosas parecieron girar más deprisa para ambos. Era como si alguien hubiese puesto una música cargada de ansiedad y prisa. Karen inconscientemente desabotonó un poco la camisa de Axel, y este respondió colando una de sus manos por la espalda de ella, que tembló.
Axel besó el cuello de Karen. El mundo ahora ya no giraba a su alrededor, sino que temblaba. Karen desabrochó otro botón sin querer al querer tocar el pecho de Axel, al querer sentir sus fuertes músculos.
Entonces Axel frenó sin aire.
-Creo que esto va muy deprisa… - dijo.
A Karen le costó volver al mundo quieto y sosegado.
-¿Por qué? - preguntó confusa - ¿Va muy deprisa para ti?
Axel la miró con cara divertida. Continuaban tirados en el suelo, quietos.
-Para ti.
-¿Para mí?
Un rato de silencio en el que ambos se miraron a los ojos.
-¿No te parece que vamos muy deprisa? ¿A dónde quieres llegar? ¿Estás preparada para…?
Karen le puso un dedo en el labio para que callara.
-El simple hecho de que temas que no esté preparada, que no sea el momento, solo ayuda a que mi decisión sea más fuerte.
-No quiero perderte… - dijo muy cerca de los labios de Karen -, eso es todo.
-No me perderás… - respondió ella uniendo sus labios de nuevo.
Esta vez Karen desabrochó la camisa de Axel aposta, y se la quitó, dejándole el tronco al completo aire. Axel, por no ser menos, le quitó la chaqueta y la camiseta, dejándola en sujetador.
Cuando sus pieles se tocaron surgió electricidad allí donde se acariciaban. El mundo volvió a temblar y Karen sonrió feliz mientras suspiraba cada vez que Axel la acariciaba con sus manos.
-Para siempre…- dijo Axel.
-Para siempre… - respondió Karen.

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Mar Abr 16, 2013 4:56 pm

CAPÍTULO 14




Karen se llevó la mano al corazón cerrando profundamente los ojos. Aún se sentía en otro mundo.
Lo habían hecho.
Con sólo pensar en aquello, con sólo de recordar la sensación de sus cuerpos unidos, le entraba una extraña euforia que provocaba que temblara de emoción. Estaba tan feliz, que era como si aún estuviese allí, en los brazos de Axel.
Se miró el reloj. Las diez. Ni muy pronto, ni muy tarde. Su madre no le echaría bronca.
El cielo de Dinamarca esta despejado. Karen frunció el ceño. Si algo había aprendido de todo aquel tiempo, es que cuando hace sol, uno debe esperarse lo peor. Los días de lluvia presagiaban algo bueno.
Pero no se dejaría influir por nada. Estaba muy feliz, porque todo en su vida comenzaba a ir perfecto. Tenía a Axel, ¿Qué más quería?
Por fin llegó a su piso. Aún con la cabeza en otro sitio subió las escaleras, recordando, temblando, sonriendo.
Entonces, en frente de su puerta, se encontró con alguien inesperado.
Ambos cruzaron la mirada.
-Por fin vienes - dijo Henrik.
-¿Qué quieres? ¿Qué haces tú aquí? - preguntó Karen ofensiva y con cierto temor. Henrik parecía cabreado.
-La verdad es que me costó comprenderlo ¿sabes? Comprender que ese imbécil y yo jugábamos al mismo juego, que él también participaba en contra mía. Si lo hubiese sabido, hubiera reaccionado.
¿Qué? Se preguntó Karen. ¿Acaso Henrik estaba hablando de Axel?
-¿Qué haces aquí? - volvió a preguntar Karen.
-¿Que qué hago aquí? Te estaba esperando Karen. Tú y yo tenemos que hablar seriamente.
-Tú y yo no tenemos nada de qué hablar.
Karen caminó deprisa en dirección a la puerta de su piso, pero sintió la mano de Henrik agarrándola con fuerza de la muñeca, y tirando de ella impidiéndole entrar.
-¿Cómo has podido? - preguntó él - ¡No me diste ni una mísera oportunidad! Y ahora estás saliendo con el estúpido ese.
-Estoy saliendo con el que amo. A ti no te amo, mas bien te odio. ¡Déjame en paz! ¡Suéltame! - le gritó Karen.
-¡Yo te amo Karen! ¡Te amo mucho más que él! ¡Y sé que tú también me amas aunque no te hubieras dado cuenta! ¡Tienes que corresponderme!
Ambos forcejearon y Karen gritó.
-¡Déjame!
Henrik, enfadado, la atrajo hacia él y acercó con rapidez sus labios a los de ella.
¿Me está besando? Se preguntó con espanto Karen. En ese mismo momento la puerta se abre y aparece Victoria.
-¿Qué son esos…?
Henrik, asustado, separó los labios con rapidez de una Karen aún en estado de shock, asustada. Victoria primero no pudo entender lo que estaba viendo. ¿Él era Henrik? ¿Ella era su hija?
Entonces comprendió. No supo cómo sentirse, si defraudada, si cabreada, si dolida. Sintió que su pecho se oscurecía.
-Entra - dijo con una voz cortante a Karen. Karen hacía tiempo que no la veía tan enfadada y se temió lo peor. Su cuerpo empezó a temblar y entró apresurada a su casa, dejando a Victoria y a Henrik solos, y entró en su habitación a la carrera.
Victoria miró de una forma asesina a Henrik, que inspiró con fuerza temeroso.
-Así que no era de mí de quién estabas enamorado, sino de mi hija diez años más pequeña que tú. Tenía que haberlo previsto.
-Yo…
-Y tienes la vergüenza - le interrumpió -, de liarte conmigo sólo para poder estar más cerca de mi hija. ¡QUIERO QUE NO VUELVAS A ACERCARTE A MÍ O A MI HIJA! - empezó a chilar de repente sobresaltando a Henrik - ¡ALEJATE DE ESTA CASA Y DE TODO LO RELACIONADO CONMIGO Y SOBRETODO CON ELLA! ¡COMO VUELVA A VERTE TE DENUNCIARÉ HIJO DE p***!
Henrik abrió los ojos inaudito. Sintió que todo se rompía en mil pedazos. Victoria levantó el brazo y lo abofeteó con fuerza.
-¡Largo! - le gritó.
Henrik dio un paso atrás temeroso de su enfado. Acababa de destrozar como un idiota lo único que podía unirlo con Karen. Y ahora iba a ser imposible conseguirla.
-¡Largo! - volvió a gritar.
Henrik dejó caer los hombros y dio media vuelta mientras todo parecía ir a cámara lenta, en su contra. Escuchó un portazo a sus espaldas, y comenzó a correr. Casi se cae por la escaleras, pero consiguió bajar a la calle sano y salvo. Una vez allí, continuó corriendo con todas sus fuerzas, cerrando fuertemente los ojos. Sabía que iba a llorar, igual que un niño, igual que un adolescente inmaduro. Tenía treinta años y se sentía un adolescente inmaduro. Había perdido a Karen. Definitivamente.
Continuó corriendo sin un rumbo fijo. En lo único en lo que podía pensar era en dejar todo atrás, en olvidarse de todo, de Edgar, de Axel, de Victoria.
De Karen.




Karen se abrazó al oír a su madre gritar de aquella forma, atemorizada. Hacía tiempo que no la veía tan disgustada, ni siquiera cuando sucedió lo de su padre.
Después de gritarle durante un rato que se largara, su madre entró tras dar un portazo, y Karen pudo sentir sus fuertes pasos hacia su habitación.
Cuando su madre entró abriendo con fuerza, se dirigió hacia ella, la sujetó de la muñeca y la abofeteó sin razón alguna. Karen se llevó la mano a la mejilla dolorida, con los ojos casi húmedos. ¿Por qué le había pegado? Se atrevió a mirarla a la cara, y vio que su rostro era una mezcla de dolor y furia.
-Estás castigada. No saldrás de esta habitación hasta que vuelva a empezar el curso, no recibirás llamadas, te quedarás sin teléfono y sin ordenador hasta que me de la gana a mí - dijo de una forma cortante y aterrorizadora -, como incumplas el castigo ya puedes ir preparándote.
Le soltó de la muñeca, cogió su teléfono que se encontraba encima de la mesilla, y su ordenador portátil, y salió cerrando la puerta con llave desde fuera, dejándola allí, con la boca abierta.
Karen se quedó quieta, aún en estado de shock. ¿Su madre la había castigado? ¿Por qué? ¿Qué había hecho ella? Después de un rato a oscuras en su habitación, saltó hacia la puerta y comenzó a batir en ella.
-¡No! ¡Mamá! ¡No he hecho nada! ¡No fui yo! ¡Ábreme! ¡Por favor, no me castigues, por favor! - gritó con todas sus fuerzas, pero su madre la ignoró por completo. Aún le dolía la mejilla, así que comenzó a llorar de desesperación.
Encerrada en aquella habitación, sola, sin contacto con nadie, sin ver ni oír a Axel. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Cómo lo iba a avisar? No podía pedirle ayuda a Edgar, porque ambos se habían distanciado mucho, y ya no llamaba. Se habían olvidado el uno del otro, y por eso Karen se encontraba sola ante el abismo.
“Encerrada hasta que empiecen las clases”. Cuando empiecen las clases, se habrá terminado el verano.
Terminado el verano…
Karen abrió mucho los ojos. Aquella era la señal, la señal que indicaba que tenían que separarse otro año más, la señal que indicaba que Axel seguía siendo el chico del verano. Karen lo sabía profundamente en su corazón, sabía que si no lograba avisarle, al terminar el verano, lo perdería una vez más.
Se lanzó sobre su cama mientras la oscuridad inmensa se hacía con su habitación, y allí mismo continuó llorando.




Hacía mucho frío, fue lo primero que pensó Edgar cuando salió del bar. El verano se estaba terminando progresivamente, dentro de aproximadamente dos semanas, empezarían oficialmente las clases, y con ellos se darían terminadas las vacaciones de verano y la estación. ¿Qué estaba cursando Karen? Edgar ya no recordaba.
Realmente Edgar apenas tenía fuerzas para pensar en ella. Hacía más de cinco semanas que no tenía ni idea de cómo le iba, de cómo estaba. Sólo sabía que había comenzado a salir con Axel, nada más.
Se abrazó. En Dinamarca apenas se notaba el verano. Dentro de pocos meses, lo poco que dejaba esa estación se iría y empezaría a nevar. Le encantaba la nieve, le encantaba quedarse encerrado en casa y no poder ir a trabajar. Le encantaba bajar a divertirse con…
…ya con nadie. Las próximas nevadas no tendría nadie con el que divertirse, porque ya no le quedaba nada.
Levantó la vista al cielo recordando cómo había empezado aquella extraña historia. Había engañado a Karen para que no se lanzara a los brazos de Axel, y sin embargo no lo había conseguido. Y luego se había entrometido en todo aquello Henrik. ¿Qué había sido de él? ¿Sabrá que Karen y Axel estarán juntos? ¿Se habrá rendido?
Suspiró. Tan fuerte había empezado todo, tan suave había terminado. Miró las calles casi vacías por el frío. Se abrazó. Pasó por la librería y como siempre hacía miró a su interior, a la espera de ver a Axel y a Karen juntos, sonrientes, felices, enamorados.
Sin embargo aquel día no vio a Karen por ninguna parte.




Henrik dio un golpe a la pared y se hizo daño en la mano. Apretó la mandíbula dolorido y se agachó para recoger la maleta y ponerla encima de la cama, totalmente llena. Sin duda habían sido unas vacaciones de verano intensas, pero deseaba marcharse ya de Copenhague. Aunque en realidad no lo deseaba.
Pero lo habían echado, y allí ya no le quedaba nada más.
Quizás en un futuro consiguiese madurar, pensó, madurar y conseguir una buena chica que lo quiera y a la que quiera, con la que poder formar una vida juntos y así no seguir solo el resto de su vida.
Se llevó las manos a la cara. La simple idea de quedarse solo eternamente le horrorizaba. ¿Cómo iba a olvidarse de Karen después de todo lo que había hecho por ella? No había hecho nada así por nadie más, y sin embargo, no había sido suficiente…
Claro que no había sido suficiente, se reprendió mentalmente, porque esas no eran las maneras, y lo único que había conseguido era empeorar las cosas mucho más. Edgar tenía razón, reconoció con rabia.
Salió de su habitación pensando que aquellas vacaciones se habían hecho muy cortas y muy largas al mismo tiempo. Salió del hotel y se estremeció de frío cuando tocó la calle. Allí le esperaba un taxi que lo llevaría al aeropuerto de vuelta a casa, de vuelta a la rutina.
¿Sería capaz de creerse que todo aquello no había sido más que una pesadilla y que Karen no existía? Hubiera sido perfecto poder conseguir aquello, mas él sabía que iba a ser casi imposible olvidarse de Karen.
Entró en el taxi justo cuando empezó a llover. Una vez dentro, cerró los ojos con fuerza. Abandonaba al fin todo. Posiblemente, no volvería a ver nunca más en Victoria.
Por primera vez en su vida, se sentía fatal por hacer daño a alguien.




En Copenhague cada vez hacía más frío. La ciudad comenzaba a notar como el verano desaparecía, y cada vez había menos turistas. Los cielos se teñían de un gris apagado y triste que le comenzó a dar un aspecto invernal a la ciudad.
La ciudad estaba siguiendo su curso natural.
Sin embargo, algunas personas se habían quedado estancadas.
Karen, encerrada en su habitación, había dejado de contar las horas, los días, las noches. Cada día que pasaba era un día menos que quedaba para que terminara el verano. Y empezara su agonía.
Henrik hacía tiempo que había abandonado la ciudad, pero aunque intentase evitarlo, seguía amarrado a ella.
Edgar, todos los días pasaba por la librería y miraba a su interior. Karen hacía tiempo que estaba con Axel en la librería, ¿habrán cortado? ¿Se habrán peleado?
Y mientras, Axel, se pasaba los ratos libres mirando la entrada de la librería, con la ligera esperanza de que algún día ella aparecería de nuevo por la entrada con una sonrisa en la cara.
Estancados en una especie de reloj de arena, el tiempo corría en su contra, y se ahogaban en los segundos que pasaban, alejados del resto de la ciudad, que continuaba su rumbo hacia el fin de verano.

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Miér Abr 17, 2013 4:04 pm

buaaaaaah no sabía que cuando ponías un taco como HDP salían asteriscos.... lol!

CAPÍTULO 15




Las horas pasaban y pasaban rápidas y lentas al mismo tiempo, en un bucle desesperado. Habían pasado dos semanas desde lo sucedido con Henrik. Karen, más que nunca, lo odió por ser el culpable de todos sus males, porque durante dos semanas, no había salido de aquella habitación, y tampoco había visto a Axel ni hablado con él.
Faltaban dos días para que empezasen de nuevo las clases. El verano hace tiempo que se había marchado.
Durante aquel tiempo había pensado mucho en aquel verano, en todo lo sucedido. Mentiras, confesiones, momentos incómodos… Sin duda había sido un extraño verano, y ahora que daba a su fin, se merecía ser recordado. En aquel verano las cosas con Axel y ella habían cambiado totalmente, por eso era un verano especial. Eso sin contar la aparición del molesto Henrik, la mentira de Edgar, su confesión de que la amaba, el beso en su habitación, el casi beso en la entrada de su piso.
Se sentía cada día más culpable de haber herido a Edgar. Impotente, dejaba que las horas pasaran y la alejaran de Axel de la misma manera a cómo la habían alejado de Edgar. ¿Qué iba a hacer ahora?
La puerta de su habitación se abrió.
Victoria se quedó apoyada en el marco de la misma, observando a su hija que estaba apoyada contra la ventana, triste. La observó queda durante unos segundos, hasta que Karen le devolvió la mirada.
Victoria encendió la luz y cerró la puerta tras de sí, dirigiéndose a Karen suspirando. Se sentó en frente de ella.
Victoria no sabía cómo empezar. Había castigado a su hija de aquella forma tan cruel sin ni siquiera haber aceptado explicaciones. Se había dejado llevar por la ira y la furia (que le habían durado más de una semana).
Ahora, más liviana, supo que era el momento de hablar con su hija, pero no sabía qué decir. Karen tampoco.
-Mamá… - empezó Karen -, lo siento - fue lo único que supo decir. ¿De qué iba a servir contarle toda la historia? Sólo parecería más culpable cuando no lo era.
-¿Qué paso en realidad? - preguntó la madre.
Karen suspiró. Era hora de contárselo todo.
-Le gusto mamá, desde que nos presentaste aquel día le gusto, y me lleva acosando desde aquella. Ha… ha pegado al chico que me gusta por celos, se ha peleado con Edgar, y no para de ponerlo todo patas arriba para llamar mi atención y separarme de quién quiero solo para tenerme. Y yo le he dicho mil veces que no, pero no para de acosarme, y el otro día me estuvo esperando, celoso porque tenía… novio.
Ambas se quedaron en silencio durante un buen rato. Victoria bajó la cabeza, culpable. Lo que le había hecho a su hija había sido muy cruel, la había encerrado dos semanas sin contacto humano teniendo un novio. Además, no había tenido la culpa de lo de Henrik.
Se llevó las manos a la cara y comenzó a llorar. Todo le salía mal. Se había enamorado del hombre equivocado, el hombre que acosaba en secreto a su hija, creyendo que le correspondía, al que se entregó después de no haberse entregado a nadie más que a su marido, que hasta hace meses había sido difunto, pero que ahora resulta que no lo es. Los pensamientos e ideas se acumularon todas juntas en la cabeza de Victoria. Su hija debía de odiarla después de lo de ahora. Nada le salía bien, no servía como esposa, por eso su marido había fingido su muerte, y tampoco servía como amante, por no haber logrado captar la atención de Henrik, y menos aún como madre.
La simple idea de que su hija le había quitado a Henrik la había cabreado en su momento, pero ahora sólo se sentía vacía.
Karen vio a su madre llorar con la mente en blanco. Odiaba verla llorar, porque provocaba que recordase el día en el que su padre “murió”, porque ese día, todo cambió para las dos.
Alargó los brazos y abrazó a su madre, que se dejó acunar.
-Lo siento mucho Karen, te he castigado sin pedirte explicaciones, he sido una mala madre. Seguro que me odias. No sirvo para nada…
-No digas eso mamá, si que sirves, sirves para mucho, y yo no te odio, no puedo odiarte jamás.
Ambas se quedaron abrazadas durante un buen rato, consolándose, volviéndose a sentir madre e hija, como deberían ser, como eran antes de que comenzara el extraño verano que había terminado así.
Ahora Henrik ya no estaba, así que ya no habría más problemas, se dijo Karen que cerró los ojos con fuerza alegre de que todo pareciese volver a ser como antes.
-Karen, has abandonado a tu novio por mi culpa - dijo secándose los ojos con las manos, y con una sonrisa triste -, vete con él.
Karen la miró.
-¿Estás segura?
-Sí, te levanto el castigo. Ve con tu novio, te echará de menos.
Karen volvió a abrazarla.
-Mamá, volveré pronto. Y cenaremos juntas - le prometió.
La madre le dio un beso en la frente sonriente, y dejó que Karen saliera corriendo del piso a tiempo de llegar a la librería.
El cielo ese día estaba libre de nubes, salvo haber abandonado el verano.




Edgar salió de la cafetería un día más tapándose el cuello. Aunque el cielo extrañamente había dado una tregua a Copenhague aquel día, el frío congelaba cada uno de sus huesos, obligándole a abrigarse. Como era habitual en los últimos días por escasez de clientes, se iba antes a casa. Estaba malamente alegre, no tenía ganas de trabajar. Antes tenía energía e ímpetu, ahora no le quedaba nada de eso.
Caminó desigualmente, distraído. Por el camino le dio una fuerte patada a una lata de refresco, y estuvo dándole patadas a medida que avanzaba a su casa. La verdad es que tampoco soportaba mucho la idea de estar por su casa, su habitación le recordaba a ella, a Karen, a su primer beso. Sintió que se le caían los hombros.
La librería de nuevo. Levantó la vista hacia el cartel como hacía siempre, y a medida que se iba acercando pensaba en Axel y Karen. Se asomó para adivinar que aquel día Karen tampoco iba a estar.
Pero la sorpresa fue que ni siquiera Axel estaba. Edgar se paró delante de la librería confuso. ¿Qué pasaba allí? ¿Es que le gente desaparecía sin más? Primero Karen y Henrik, ahora Axel. Era como si todo lo que había estado antes ocupando su tiempo, hubiese desaparecido como si nunca hubiese estado. Y por un momento rezó para que eso fuese realidad, y que Karen no fuese más que un sueño de una noche tormentosa en Copenhague.
El teléfono comenzó a sonar. Edgar lo cogió confuso.
-¿Sí? - respondió.
-¿Edgar? - era su jefe -, te ha llegado una nota a la cafetería. ¿Podrías volver a por ella?
-¿Una nota? - preguntó sorprendido Edgar. Miró hacia atrás, y no supo si le hacía gracia deshacer sus pasos, aunque de la librería a la cafetería tampoco había tanto camino.
-Sí, la acabo de descubrir ahora. Creo que lleva aquí tiempo.
Podría ser importante, pensó seriamente Edgar.
-Vale jefe, voy ahora.
Colgó el teléfono y abandonó la entrada de la librería a la carrera en dirección a la cafetería. Tenía un extraño presentimiento.
Cuando llegó, su jefe lo esperaba con un papel doblado encima del mostrador. Edgar, respirando fuerte, se acercó y lo cogió.
-Muchas gracias jefe.
-No es nada muchacho. Vete a casa anda, que empieza a hacer frío.
¿Más aún? Pensó Edgar. Salió y allí, en la calle, observó el papel. En el exterior ponía: Para Edgar. Henrik.
Edgar miró el papel sin comprender. ¿Una nota de Henrik? ¿Cuándo se la había dejado? ¿Por qué?
“Edgar, aunque sigues sin caerme bien, necesitaba escribirte esta carta porque no tengo nadie más en los alrededores de Karen con quien hablar. La he cagado, literalmente. Me puse celoso por culpa de que ella y Axel estaba saliendo, y la espera en la puerta de su casa. Discutimos y… la obligué a que me besara. Su madre nos vio y me echó directamente de la ciudad, así que ya puedes estar contento, mis vacaciones se han terminado en Copenhague, ya no volveré por ahí si no quiero una denuncia, así que he decidido rendirme con Karen. Admito mi derrota. Sólo quiero que le digas de mi parte que lo siento mucho si le acarreé problemas con lo del otro día, que ojala algún día consiga su perdón, y que no se preocupe, que salgo de su vida. Y dile que ojala sea feliz con Axel. Y lo siento mucho Edgar si a ti te traje problemas, últimamente solo hago eso, causar problemas. Bueno, me despido, ya no nos veremos nunca más, alégrate. Adiós.”
Edgar leyó la carta con atención. Al final no evitó sonreír. Había sido divertido pelear con Henrik, y tendrá recuerdos divertidos de él, porque al fin y al cabo la vida tiene sus etapas.
Entonces, algo dentro de la cabeza de Edgar comenzó a funcionar, a formar ideas. Entonces, comprendió lo que estaba sucediendo. La madre de Karen debió castigarla por lo sucedido, por eso no la veía en la librería… todo cuadraba, pero… ¿Lo sabía Axel?
Salió corriendo de nuevo en dirección a la librería, en la que entró como una exhalación. Se acercó al mostrador mirando hacia todos los lados. Una de las dependientas lo miró.
-¿Qué busca? - le preguntó con amabilidad.
-El chico, Axel, ¿no vino? - preguntó sin aire.




-Ya no trabaja aquí. Sólo estaba por el verano, se ha ido.
Las palabras cayeron como agua fría sobre el alma de Karen, que se quedó impasible en la entrada de la librería. Todo a su alrededor comenzó a dejar de emitir sonidos.
Lo que predecía, se ha ido… pensó.
La dependienta la descubrió en la puerta y abrió mucho los ojos. ¿Karen? ¿Qué hacía allí? ¿No había abandonado a Axel?
Edgar se giró también, y se quedó en el mismo estado. Hacía semanas que no veía a Karen, y casi un mes que ambos no se miraban a los ojos. Era como si hubiese pasado un milenio desde que ellos se reían aquel día en que Edgar, como un idiota, decidió instigarla a que le confesase a Axel su amor. Había deseado verla tanto tiempo…
…y sin embargo no era así como el quería volver a verla. No era así, con el rostro desfigurado por el dolor, las lágrimas haciéndole surcos en sus bonitas mejillas, y las manos apretadas en un puño impotentes. Edgar sabía muy bien qué le estaba pasando por la cabeza. Sabía que ella estaba pensando que había perdido a su chico del verano, que había pasado lo mismo que otros años, que la cadena continuaba.
Karen no supo que hacer durante un rato. Se sentía impotente. Había tenido pesadillas sobre que al terminar el verano, Axel se iría para siempre y ya no volvería a aparecer ningún otro verano, y se supone que aquello tendría que haberla preparado pero sin embargo… la realidad era mucho más dura.
Dio medio vuelta y salió corriendo en dirección a su casa. Cuando llegó tocó su número con esperanza de que le respondiera.
-¿Sigue aquí, en Copenhague? - preguntó Edgar a la dependienta. Esta negó la cabeza.
-Si te refieres al piso donde había estado viviendo, ya no. Sus padres volvieron y se fueron. Estaba allí de alquiler.
Karen golpeó la puerta del piso con fuerza, desesperada, en llantos, sin importarle que la gente de la calle se la quedase mirando. Allí se dejó caer al suelo donde se derrumbó por completo.
Edgar negó con la cabeza y salió de la librería. Los cielos despejados no presagiaban nada bueno.




El tren iba muy deprisa. Se alejaba cada vez más de su lugar de partida, dejándolo todo atrás. Aún quedaban horas para llegar a su destino, y él sabía que había sido todo muy precipitado, pero le dolía el corazón, nunca le había dolido así.
Sus padres habían vuelto de sus vacaciones, y se terminaba el verano. En la librería ya no lo necesitarían. Sus padres tenían que viajar por negocios, y obviamente se lo llevaban a él en la maleta.
Por un momento, cuando se lo dijeron, se negó rotundamente, pensando en que ni por asomo iba a abandonar a Karen.
Pero ella parecía que lo había abandonado a él.
Recordaba bien la última vez que la había visto. Había salido con una sonrisa en la cara después de que lo hubieran hecho por primera vez. Había sido hermoso, y Axel lo recordaba con aprecio. ¿Había sido aquello una sonrisa falsa? ¿Había sido todo aquello irreal? Porque después de discutir que no se perderían si arriesgaban a unirse completamente, no la había vuelto a ver más, ni una nota de despedida ni nada, no había tenido noticias de ella.
Incluso había ido a su casa tres o cuatro días después de que desapareciera de su vida, pero ni la madre había respondido.
Ella era la chica del verano, su famosa chica del verano. Y el verano se estaba terminando.
Por un momento, pensó que ella no era humana. Quizás era un ser mágico o algo, y una maldición lo ataba a ella, y por eso solo se veían los veranos, y por eso una fuerza misteriosa los separaba al terminar la estación.
Él sabía bien que uno de los motivos de que ella ya no estuviese era que, simplemente, el verano había terminado, y la cadena continuaba su rumbo hacia la nada. Quizá se viesen el siguiente verano. O quizás Axel se canse de recuperar y perder y decida luchar contra la maldición y dejar de sufrir por esa misteriosa chica.


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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Miér Abr 17, 2013 5:27 pm

Chicos, la historia se está terminando Creo que queda este y otro capítulo más!

CAPÍTULO 16




Llovía con fuerza sobre Copenhague. Había llegado el otoño, pero aquello parecía ser el comienzo del invierno. No era una lluvia plácida, era una lluvia desesperada, fuerte, dolorosa. Las nubes estaban oscuras y tristes. Lloraban de pena. La época de lluvia milagrosa había terminado. Ahora la lluvia no traía buenos momentos, sino que solo lluvia fría.
Un nuevo final.
De nuevo las gotas hacían una carrera por la ventana. Pero Karen ya no las miraba como una carrera divertida a ver quién llega antes, sino como una carrera de supervivencia en el que el primero que llegaba, caía.
Dos semanas.
Eso era lo que había pasado desde que el verano terminó y Axel se fue. Se habían hecho eternas, desesperadas, desanimadas. Sin vida.
Las clases habían empezado hace una semana. Karen había ido por obligación aunque había sido lo último que hubiese querido.
Victoria la observaba desde la cocina. Había hecho todo lo posible por alegrarla, pero había sido en vano. Ella tenía la culpa, lo sabía. Aquel castigo la había separado de su novio.
Sonó el timbre. Victoria supo al instante quién era.
-Puedes entrar, Edgar - dijo con una sonrisa. Él venía continuamente para intentar alegrar a Karen. Era su única esperanza, y hasta eso estaba siendo inútil.
-Karen, soy yo - lo saludó Edgar.
Karen giró la cabeza para mirarle.
-Hola - fue lo único que dijo. No intercambiaban muchas palabras, porque estas parecían haber desaparecido de Karen. Era como si hubiese perdido el habla.
Le había entregado todo, pensó Karen. Y ni eso lo había mantenido a su lado.
-¿Qué tal? - preguntó Edgar. Hace tiempo que se sentía como médico de una enferma, y quizás lo era.
-Igual que siempre.
El mismo diálogo de todos los días. Edgar se había pedido unas semanas de vacaciones que aprovechaba para pasarlas con Karen. Más que nunca, le necesitaba, aunque ella no dijese nada.
-¿Vienes a dar una vuelta? - preguntó.
-Llueve - dijo ella.
Ni siquiera quería mojarse. Nunca le había gustado la lluvia, pero ahora le tenía asco. El simple contacto con su piel la hacía doblarse de dolor, y la obligaba a echarse a llorar a la desesperada, como si la lluvia tuviera la culpa de que él no estuviese, y de lo único que tenía culpa era de que las gotas empapaban su cuerpo de recuerdos malditos.
Pero claro, Edgar no lo sabía, no sabía que le tenía miedo a la lluvia, y que miraba por la ventana solo para observar con placer como estas caían al abismo sin poder evitarlo.
-Venga, demos un paseo. No te mojarás si llevas paraguas.
Cerró los ojos. Edgar siempre conseguía arrastrarla hacia el abismo. Se separó de la ventana y siguió a Edgar hacia la entrada cogiendo el paraguas.
-Pasadlo bien - dijo Victoria en un intento de animar la cosa.
Ambos bajaron las escaleras. Al llegar a la entrada Karen frenó. La calle estaba siendo herida por la fuerte lluvia. Iba a ser imposible no mojarse.
Miles de imágenes corrieron por su mente. Ella quejándose de que se dejó el paraguas atrás, y Axel rescatándola de su desastre como un caballero. Se llevó la mano a la frente, agotada, y abrió el paraguas, saltando a la calle.
No sabía como iba a superarlo.




Una semana más.
La misma tónica de todos los días. Las cosas no han mejorado, pero tampoco han empeorado para Karen. Se ha quedado estancada en un punto intermedio. El tiempo fue empeorando en Copenhague, y se cancelaron las clases varias veces debido al viento. Era la única ocasión en la que Karen se sentía feliz. No quería ir a clases, allí no tenía a nadie.
Edgar ya no intentaba sacarla de casa debido al tiempo. Ambos se pasaban las tardes en la habitación de Karen jugando al parchís, o a las cartas, o al ajedrez. Pero ni siquiera eso animaba a Karen.
A veces quería tirar la toalla. Y Karen también. Ambos estaban cansados de luchar por algo imposible, de pasarse los días tristes y suspirando. Pero ninguno de los dos era capaz de abandonar sus esperanzas, o por lo menos las de Edgar, porque Karen parece que hacía tiempo que ya no tenía.
-Voy ganando… - exclamó con una sonrisa Edgar, que tenía casi todas sus fichas azules en su color correspondiente. Karen no respondió y se concentró en sus fichas amarillas.
Edgar vio que en el exterior dejaba de llover. Tenía que aprovechar ese momento en el que el cielo había decidido dar una tregua. Allí, encerrados en casa, no podían hacer nada.
-Karen, ¿vamos a dar una vuelta?
Karen iba a replicar con la excusa de la lluvia, pero vio que había escampado. Se quedó sin excusas, por lo que decidió aceptar.
Ambos salieron a la calle y dieron un paseo. Edgar se concentró en que no pasaran cerca de ninguna librería. Karen lo tuvo en cuenta, y se lo agradeció en silencio. Ambos se dirigían al parque.
Karen sintió recuerdos del cumpleaños de Axel. Sin darse cuenta, comenzó a caminar sola, y Edgar tuvo que apresurar el paso para seguirla. ¿Y esa repentina decisión? ¿Es que había cambiado de estado de ánimo de repente?
Ambos caminaron hacia el centro del parque, y se metieron por un sendero mojado. Edgar se quejó mientras sus zapatos y vaqueros se mojaban, pero siguió a Karen casi en silencio.
Ambos fueron a dar a un precioso paisaje. Edgar abrió mucho los ojos. No conocía aquel lugar. Había un pequeño lago con unas piedras a lo lejos. Los árboles lo rodeaban escondiéndolo del resto del mundo. Las flores se habían marchitado con el cambio de estación, y ahora la superficie del lado se hallaba plagada de flores que habían caído debido a que no habían logrado llegar a ninguna parte y se habían secado. Al fondo se podía ver una pequeña cascada. Seguramente se había formado debido a las continuas lluvias.
Edgar le prestó atención a Karen que estaba quieta mirando el lago, en silencio.
Durante un rato, los pensamientos de Karen también habían enmudecido. Le encantaba ir hasta aquel lugar cuando se encontraba mal, porque le relajaba. Sin embargo, había cometido la estupidez de enseñárselo a Axel. Y ahora, toda aquella hermosura estaba contaminada por recuerdos. Ya no le relaja ni la hace sentir mejor.
Había perdido su magia.
Todo se volvió borroso, dándole un aspecto surrealista al lago. Las lágrimas corrieron por su mejilla sin freno. Era todo tan difícil… tan insoportable, tan doloroso.
Edgar dio un paso adelante y pudo ver una lágrima caer de su barbilla. Frunció el ceño enfadado. No era capaz de conseguir que Karen despertara de su mundo gris.
Karen sentía el correr de sus lágrimas por su rostro de la misma manera que las gotas lo hacían por la ventana. Cerraba los ojos esperando a que estas recibieran también su castigo y se precipitaran desde su barbilla.
Sintió que alguien la agarraba fuertemente de los brazos y la giraba.
-¿Quieres dejar de llorar? - le gritó de repente Edgar, furioso, sorprendiéndola - ¡Estoy cansado de verte así! ¡Despierta Karen! ¡Deja de estar triste de una maldita vez!
Ambos se miraron. Karen no supo qué decir durante un rato, luego las palabras de Edgar rebotaron contra su cerebro y se echó a llorar de desesperación.
-¡No puedo! - le gritó a su vez - ¡No puedo sentirme mejor, no soy capaz! ¡Él se llevó mi felicidad sin yo poder haberlo evitado, Edgar!
-No, no se llevó nada, solo se fue sin nada en las manos - dijo cortante -, fuiste tú quién amarraste tu corazón a escondidas.
-¡Yo lo necesito Edgar! - le gritó, ignorando sus palabras -, ¡Lo necesito como a mi propia vida! ¡Sin él todo ha perdido el color! ¡Ya nada tiene sentido!
-¡Yo tengo sentido! ¡¿O acaso yo no existo?! ¡¿Ni existe tu madre?! ¡Eres una egoísta Karen! Sólo piensas en ti y en que necesitas a Axel, pero no piensas en que tu madre está sufriendo por ti, y yo estoy sufriendo y muriendo por ti, desviviéndome para que estés feliz, pero soy incapaz, lo que me hace más culpable.
Karen sabía y comprendía a Edgar. Sabía que estaba haciendo todo lo posible para que se sintiera mejor, pero ella no era dueña de sus sentimientos.
-Me tienes a mí, Karen… - dijo seriamente -, yo puedo intentar hacerte feliz.
La agarró con fuerza y dio un paso hacia delante, hacia ella. Karen le vio las intenciones y sintió miedo, pánico, pero no supo por qué. Vio la urgencia en los movimientos de Edgar.
-Edgar… musitó cuando sus rostros estaban a cinco centímetros, esperando a que él reaccionase como la otra vez, y frenase aquello.
-No Karen - dijo secamente sin separar el rostro -, ya no.
Y unió sus labios con los de ella, furiosamente, desesperadamente. Esta vez no fue como la anterior, no lo hizo débilmente temiendo que lo rechazara. Sabía que, aunque amase con toda a Axel y llorase que se hubiese ido otra vez, no lo rechazaría.
Karen cerró los ojos con fuerza, sintiendo los cálidos labios sobre los suyos, con fiereza, con desesperación, con furia. Con amor.
Sólo la había besado una vez, y muy débilmente, y desde aquella sus labios sólo los había tocado Axel.
Sintió algo en su pecho, algo que le dolió, algo desesperado que retumbaba con cada latido como si intentara mandarle un mensaje en código Morse. Se sentía muy sola, no tenía a Axel a su lado. Estaba desesperadamente sola.
Y quizás eso fue lo que hizo que rodease con fuerza el cuello de Edgar, y le devolviera el beso con desesperación.
Porque se sentía sola.




Los siguientes días fueron confusos. Una mezcla de lluvias fuertes y días medio claros. El tiempo se había vuelto totalmente loco.
Karen no se sentía más feliz. Y quizás no sabía si estaba viviendo una mentira. No sabía qué estaba viviendo.
Entró en la cafetería de Edgar con aire sombrío, como siempre. Le había prometido a Edgar que saldría por su cuenta, y eso la obligaba a salir, directamente, así que todos los días iba a la cafetería para acompañar a Edgar en el trabajo.
Aunque Karen no había cambiado mucho su estado de ánimo, aún tras despertar de su “coma”, Edgar parecía mucho más feliz. Y quizás el que le devolviese el beso el otro día tenía la culpa. Y ahora parece que estaban saliendo.
Y a Karen aquello no le entusiasmaba, pero desde que la había llamado egoísta, algo dentro de su pecho le decía que tenía que arreglar la vida de Edgar. Él la amaba, y ella le había hecho daño. Había sido una mala amiga y lo había abandonado. Se lo debía. Por eso, se esforzaba tanto por parecer feliz, sólo para verlo sonreír con sinceridad.
Edgar la vio entrar y le sonrió. Se acercó un momento para darle un ligero beso en los labios como hacía desde el día del parque. Ella no se resistía, porque en un trocito pequeño de su corazón, le amaba. Y quizás era una buena idea dejar que creciese y echase a un lado el amor que aún ocupaba casi todo su corazón.
-Mi jefe me da el día libre, ¿Qué te parece? ¿Damos una vuelta? - le preguntó.
Karen sintió esa pregunta extraña, y no supo por qué.
-Está bien - dijo sonriendo. Espero a Edgar para que se cambiara, y ambos salieron del local.
Caminaron en silencio durante un buen rato. Karen no sintió ese silencio cómodo, y jugueteó con el borde de la manga intentando relajarse.
-Karen… - dijo él de repente -, deja de sonreírme si no estás feliz.
Karen dejó de caminar. Habían llegado al borde del parque. Edgar se paró también y la observó.
-Yo… lo siento - dijo bajando la cabeza.
Edgar parecía fastidiado.
-Siento que no estoy consiguiendo nada. Me siento inútil, Karen. Sé… sé que no puedo rivalizar con Axel…
-Lo siento Edgar - lo interrumpió ella. Estaba llorando una vez más. No podía evitarlo. Edgar lo miró con los hombros caídos.
-No puedes olvidarlo, ¿verdad? - musitó. De pronto, aquel beso dejó de tener un significado para Edgar. Había vuelto a perder contra Axel sin que él estuviese presente.
-Lo siento mucho Edgar, pero no puedo… de verdad que no puedo - dijo entre sollozos, y salió corriendo. Edgar la sujetó de la muñeca para que no huyera, pero ella se deshizo de su mano y se alejó corriendo.
La felicidad de Karen no estaba ya en sus manos. La puerta que se había abierto hacía meses ligeramente para él, se había cerrado con fuerza en sus narices. Y había quedado fuera.
Se llevó las manos a la cabeza, desesperado.
No le quedaban muchas opciones.

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MensajeTema: Re: Amor de verano. Prólogo   Jue Abr 18, 2013 2:49 pm

Genteeeeee!!!! ESTE ES EL ÚLTIMO CAPÍTULO DE AMOR DE VERANO!!! SIIIII esto se ha terminado... Espero que lo disfrutéis porque en mi opinión ES PRECIOSO

Aquí lo tenéis : can1:

CAPÍTULO 17




El cristal se empañaba con el aire que salía de la boca de Karen.
Tenía frío, mucho frío, y sin embargo se paseaba por casa en pijama sin importarle tiritar y congelarse. Su madre se había ido a trabajar. Estaba sola.
Apoyó la frente. Había perdido a Axel. Había renunciado a Edgar. Completamente sola.
Cerró los ojos con fuerza. Se sentía mal. ¿Cómo lo pasaría Edgar? Él se había desvivido por ella, no se había ido jamás de su lado, y sin embargo…
Lo quería, lo sabía. Pero aquel sentimiento no era suficiente para luchar contra el de Axel. Y si se imaginaba una vida junto a él de aquella manera, sentía que explotaría. No podría. Sabía que iba a ser capaz.
Tenía que olvidarse de Axel, pero le era imposible. Para el siguiente verano las cosas habrían cambiado mucho. Pero estaba decidida a intentarlo. Cansada de que todos los veranos sucediese lo mismo, se prometió que aquel iba a ser el último.
Ya no habría más veranos.
Puede que contra el destino fuese imposible luchar, pero haría todo lo que estuviese en sus manos para evitar volver a encontrarse con él otro verano. La maldición tenía que acabar, si tenía que irse, se iría.
Incluso se había entregado por completo.
Se llevó la mano a la mejilla. Un último recuerdo de él, era un último recuerdo precioso, esencial. Muchas soñarían por tener un último recuerdo así de su gente amada.
Pero ella no soñaba con tener un recuerdo así, porque solo hacía que aquello fuese más doloroso. Lo necesitaba a su lado, necesitaba sentirlo, tocarlo, besarlo. Necesitaba sus brazos.
Pero cuanto más deseaba, más se daba cuenta de que no tendría nada de eso, y se desesperaba al pensar que ya jamás volverá, y que los recuerdos tendrán que ser borrados si quiere que su corazón vuelva a latir de forma normal.
Comenzó a temblar de frío.




En el tiempo pronosticaban nieve. No habían pasado ni un mes que el verano se había ido, y en Copenhague ya iba a nevar. Sin duda el tiempo se había enfriando progresivamente y ahora era imposible salir a la calle sin por lo menos tres capaz de ropa crujiendo tu cuerpo.
Posiblemente el tiempo fuera en acompañamiento con su estado de humor. Cada vez la vida era más triste y gris. Cada vez estaba más disgustado. No sabía qué era lo que más le molestaba. ¿Le molestaba haber perdido a Karen o no haber sabido devolverle la felicidad?
Se tropezó con alguien.
-¡Disculpe! - dijo. Últimamente andaba muy despistado.
El hombre que iba vestido con una gabardina castaña se lo quedó mirando.
-Edgar…
Edgar levantó la mirada al oír su nombre, y miró al hombre confuso.
Era el padre de Karen.
-¿Qué…? ¿Qué hace aquí?
El hombre miró hacia el horizonte con la mirada perdida.
-El tonto, supongo. Me negaba a aceptar la idea de no volver a ver a Karen y a Victoria aunque me lo merezco. Pero las hecho tanto de menos…
-Si no hubiera hecho lo que hizo, quizás no estaría en esta situación.
-Lo sé Edgar. Y tienes razón. ¿Karen ha sufrido mucho…?
Edgar asintió.
-Hacía tiempo que no la veía tan mal. No sabes lo mal que lo pasó cuando moriste. Y todo por una farsa idiota. Les destrozaste la vida, ¿Qué más querías?
Ambos suspiraron.
-No sé de sus vidas. Me encantaría saber todo lo que me habré perdido. Soy un estúpido. ¿Crees… crees que podré recuperarlas?
Edgar fue el que esta vez miró hacia el horizonte, pero sin mirar nada en realidad. Negó con la cabeza.
-No lo creo. Por lo menos ahora. Karen está pasando por un mal momento. Si se presenta intentando arreglar las cosas, todo empeorará.
-¿Qué le ha pasado? - la preocupación se notaba en su mirada.
-Nada. Decidió salir de su vida ¿recuerda? No estoy en el derecho de contar nada sobre ella cuando sé con seguridad que no querría.
Ambos estuvieron un rato en silencio. Sin duda, había sido un choque más que fortuito.
-¿Recuerdas aquellos tiempos Edgar? - preguntó el padre - tú y Karen sólo erais unos niños que jugaban a cosas de niños. Habéis crecido tanto… Ahora sois muy mayores.
Edgar sonrió ante la imagen de Karen y él jugando a construir cosas gigantes. La recordaba siempre pegaba a su peluche, al que le tenía mucho aprecio.
-¿Recuerda lo que lloraba?
El padre también sonrió.
-Era una niña muy llorona, pero aún así siempre estaba sonriendo. Era adorable.
Y aún lo es, pensó Edgar sintiendo que se iba a echar a llorar. La amaba, la necesitaba a su lado, y tenía que protegerla porque lo era todo.
-¿Recuerdas lo que lloró cuando perdió su peluche?
El padre asintió.
-Siempre lloraba así cuando perdía algo. Pero para eso estabas tú Edgar, para recuperarlo por ella… - Edgar sintió que todo se arreglaba -, y que así volviera a sonreír.
“Recuperar lo que ha perdido, para que vuelva a sonreír…”
-Sí… - musitó él.
-Bueno, tengo que irme. Hazla feliz por mí, por favor. - le suplicó el padre. Sabía que Edgar y su hija eran inseparables. Si ella lo estaba pasando mal, sólo Edgar podría ayudarla -, hasta otra, Edgar.
Levantó la mano y se despidió de Edgar. Edgar hizo lo mismo, pero con menos ímpetu.
Sentía como si todos los sonidos de su alrededor se entremezclaran y luego desaparecieran. Se sintió muy pequeño. Posiblemente esa era la cuestión, y siempre lo había sido. Karen y él eran amigos desde pequeños, y habían sido como hermanos. Ella era como su hermana pequeña, y aunque la amaba, su misión desde siempre, desde que la había visto con aquellos enormes ojos mirarlo con curiosidad cuando él tenía siete, había sido protegerla del mundo y devolverle la sonrisa.




Otro día sin clases. El hielo en la carretera y la poca nieve que había cubierto la ciudad, y que era pronóstico de más nieve aún, habían sido las causas por las que Karen hoy no iba a clase.
Nada en su vida había cambiado. Y lo peor de todo es que hacía semanas que no veía a Edgar. Era egoísta como él había dicho, demasiado egoísta. Pero si no veía a Edgar no era porque ella no quisiese, al fin y al cabo, la había ayudado a no sentirse tan sola durante aquel trago que seguía alargándose; era porque él no se había dignado a visitarla. Se lo merecía.
-Cariño, ¿Puedes… hacerme un favor? - preguntó Karen desde la cocina.
-Dime.
-¿Puedes ir a buscar pan? El panadero no pudo haber venido por el peligro de la carretera.
Karen asintió y se puso las botas. En el exterior hacía frío, pero no le importaba. Se puso un abrigo, unos guantes y una bufanda, pero nada más. Quizás pasaría frío, pero sólo iba a buscar el pan.
-Llévate el móvil por si acaso.
Karen suspiró y volvió a su habitación para coger el móvil y salir de su casa. En ese momento su móvil comenzó a sonar.
Era Edgar.
-¿Sí? ¿Edgar? - preguntó nerviosa. Cada vez hablaban menos - siento lo del otro día, en serio…
-Karen - le cortó él. También parecía nervioso -, no importa, en serio, no te culpo. Necesito que me hagas un favor. Necesito que vengas a la cafetería, tengo que hablar contigo urgentemente.
Algo en la voz de Edgar le resultaba extraño. Se puso nerviosa.
-No sé… mi madre me ha pedido que le vaya a buscar pan…
-No hay prisa Karen - le dijo la madre desde la cocina, guiñándole un ojo -, ve. Eso sí, trae el pan cuando vuelvas.
La miró dubitativa.
-Está bien… -terminó aceptando -, ahora mismo voy para allí.
Colgó.
Después de coger el monedero salió sin tomarse mucha prisa. ¿Qué querría Edgar? Quizás querría intentar convencerla de nuevo a que le diese una oportunidad. ¿Qué le diría entonces? Estaba cansada de hacerle daño, pero no podía evitarlo.
Las calles estaban cubiertas por un leve manto de nieve que tenía Copenhague de blanco, como si fuese para una boda. Las zonas donde no había nieve, estaban resbaladizas y peligrosas, así que Karen caminó con cuidado en dirección a la cafetería de Edgar. ¿Hoy trabajaría?
Entonces se dio cuenta de que para llegar a la cafetería de Edgar tenía que pasar por en frente de la librería. Hacía semanas que no pasaba por allí, y sabía que algo dentro de su corazón se rompería en cuanto pasara por ella. Antes no quería entrar porque estaba él. Ahora no quería entrar porque simplemente, ya no está.
El cartel de la librería se asomó por el horizonte. Allí vio a Edgar, de pie, esperándola.
Había sido una trampa lo de la cafetería.
Continuó caminando con un dolor profundo en el pecho, y se paró a tres metros de él.
-En realidad era aquí donde querías quedar, ¿Verdad?
Él asintió. Parecía relajado, y sonreía como tristemente, como si algo bueno y malo hubiese pasado al mismo tiempo. Karen se asustó. Miró al interior de la librería, que continuaba como siempre.
-¿Por qué? - fue lo único que preguntó.
-Sé que no he tenido oportunidad por un trozo de tu corazón. Me da… mucha rabia haber perdido, pero mi misión jamás había sido acompañarte de esa forma. Nos conocemos desde hace años, y es como si fuésemos hermanos. Y mi misión es devolverte la sonrisa.
Karen sintió que se iba a echar a llorar. Algo dentro de su pecho se estaba rompiendo por completo.
-¿A dónde quieres llegar Edgar?
Edgar sonrió de nuevo, triste, y bajó la mirada.
-Recuperar tu juguete perdido.
Karen estrechó los ojos para no echarse a llorar definitivamente. Lo recordó. Estaba llorando porque su peluche había desaparecido. Edgar la miraba triste, pero con una sonrisa, igual que ahora. Le dio la mano para ayudarla a levantarse.
-Te ayudaré a recuperar tu juguete perdido - eso fue lo que le dijo. Cuando sus manos se unieron, ella dejó de llorar. Se sentía a salvo con él, porque confiaba en sus palabras.
Sintió una lágrima caer por su mejilla. Nada había cambiado.
Casi nada.
Sintió un suspiro en su oreja y comenzó a nevar. Todo se volvió silencioso a su alrededor. Lo sintió cerca. Abrió los ojos y se llevó las manos a la boca. Más lágrimas cayeron por sus mejillas, pero ya no eran de tristeza.
-No me he ido… - susurró una voz en su oído.
Una mano se asomó desde atrás, y atrapó un copo de nieve. Karen lentamente se giró.
Axel la miró con una sonrisa tierna en la cara.
-Axel… - sintió que iba a explotar.
-No te ibas a deshacer de mí tan fácilmente, mi chica del verano.
Chica del verano.
-Me alegro… - dijo entre lágrimas -, de que hayas vuelto… mi chico del verano.
Axel sintió que también iba a echar a llorar. Por fin la volvía a ver después de haber creído que jamás se volverían a encontrar. Karen sujetó con fuerza el cuello de su jersey y lo atrajo hacia ella sintiendo que si no lo besaba no podría seguir allí de pie.
Axel y Karen se fundieron en un beso en frente de la librería donde ocurrió todo, casi en invierno, en plena nevada.
Edgar los miró con cierta envidia, pero aún así sonrió. Había cumplido su misión, había recuperado el juguete perdido de Karen, le había devuelto la sonrisa.
Suspiró bajando la mirada pero sin perder esa sonrisa. Era como si Karen se la traspasase, aunque Edgar no estuviera para nada feliz. ¿Cómo la olvidaría? Dejando pasar el tiempo, dejando que el olvido se haga con él. Quizás era hora de marcharse a otro sitio y probar nuevas aventuras. Copenhague ya no era para él.
Edgar metió las manos en los bolsillos y dio media vuelta, para perderse en el horizonte. Karen ya no lo volvería a ver, no en mucho tiempo.
Axel y ella separaron sus labios y posaron su frente sintiéndose seguros el uno con el otro.
-No me iré, te lo prometo. Ya no.
-Te creo…
Karen se giró repentinamente para darle las gracias a Edgar, pero ya no estaba allí. Lo buscó por todas partes, pero tenía que admitirlo. Se había ido.
-Él me encontró… - dijo Axel a sus espaldas -, me contó lo sucedido, y volví.
Karen lo escuchó a sus espaldas y cesó de buscarle con la mirada. Cerró sus manos en un puño y sonrió, aún llorando. Lo había vuelto a hacer, había recuperado su juguete perdido. Le había devuelto la sonrisa.
Comenzó a llorar.
-¿Qué pasa? - preguntó Axel preocupado.
-Nada, que te amo…
Había comprendido que al final, tenía que perder a alguien. Y había escogido a Axel, y eso conllevaba perder a Edgar, aunque le doliese el desgarrón, ese era el precio.
-Yo también te amo.
“Nos volveremos a ver algún día, Edgar. Y te daré las gracias por haberme devuelto la sonrisa. Y ojala, tu encuentres a alguien que te la devuelva a ti…”
Axel le ofreció la mano, y ella se la cogió sonriendo.
Y ambos se perdieron también por el horizonte, juntos, en una fría y nevada tarde en Copenhague.


FIN

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